La Urbe

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Me alejé por un momento de la ciudad, y a mi regreso, centelleante por una bruma rechazando los rayos matutinos del sol, ésta me parecía otra. Un rasgo hay en mi, según me doy cuenta por la dimensión que adquieren los pueblos y ciudades mientras les atribuyo la observación; En ellas vive el arraigo de mis pensamientos.

Me gusta salir de la urbe, despedirme pero abrazarla de nuevo con la idea de descubrirla con la fuerza de la emoción, del asombro envolvente que doy a cada paso hasta completar mi destino en sus grandes asimetrías; cruce de calles y sentimientos.

Una palpitación

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Caminaba con mirada extraviada. Rogando por amaneceres; antídoto del pesar que se siente, sin duda, cuando el asomo de ayeres cede ante la madurez del presente.

La intriga del ser con alas, como he concebido el despertar de quien duerme, se ve reducida al escenario del universo donde todo es tan sólo la capacidad de una palpitación y, lo que parecía inmensidad es la necedad del orgullo, de la fumarola del pensamiento que se atribuye la fuerza de la más grande concepción.

El polvo, sin darme clara cuenta, había rociado lo que solía entretener la imaginación de niño; un rimero de libros, cuyos lomos desde ahora se unían en la formación de una gran muralla grisácea; Una turbulencia enfrascó el olvido en tan singular velo.

Clareó el día y me uní a este acontecimiento con un tropiezo prematuro al cruzar la sala, todo por dejarme hallar por la claridad fugaz. En la sucesión de mis pasos, acabé por forzar una precaución en una mirada, en lo que acusaría de encuentro cercano con la identidad. Frente a frente con mi vida.

La memoria corporal deshacía mis actos de conciencia; signo inequívoco de cuando el sueño se revela real y la delicadeza de la observación cautiva las sensaciones volviéndolas más cómplices de la ensoñación de la vida.

Lágrimas fugitivas

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Aun con los ojos entreabiertos, el color dulce de los sueños se pasea, apenas, en leve rastro sobre los objetos personales incendiados por el repentino contacto con los sentimientos; rieles de lágrimas fugitivas de un corazón azolado y quebradizo; Han dispuesto colapsar mi carácter.

Solía ser fuerte, sin embargo, desde  ahora me añado a los que se dicen fácilmente afectados por evocaciones austeras.

Me despertaré sostenido por una sonrisa, me repetía ayer en la multiplicación de los deseos, cuyo eco, avanzó hasta muy entrada la mañana.

En un acorde instrumental, La alborada ofrendó vestigios de una playa enarenada por el trino de aves al compás de voces amigas ya ausentes. El tanto de extrañeza me ha devuelto el gesto de sus rostros. Bosquejos de sonrisas se han extendido como marea. ¡Abrázame fuerte!

¡No Tengas Miedo!

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Nunca estuve al pendiente de la sucesión de los meses y lo que distinguía a cada uno de los demás. Sin embargo, el mes de agosto me obligó a reparar en condiciones propicias para surcar el cielo y confiarme ciego a una voluntad superior a la mía.

Amigablemente, los requisitos para ponerse en marcha hacia escenarios poco vistos por la inteligencia me salieron al encuentro, y yo débil como siempre frente a la ocurrencia del milagro, no mostré desaire, pues, por el contrario logré vencer mi inmovilidad y abrace aquel momento con todas las fuerzas de que fui capaz.

Las nubes, después de tanto tiempo; hablaron a mi corazón, la quietud adquirió un lenguaje que arrobó mis sensaciones; y al fin tus palabras se internaron en mi conciencia; ¡No tengas miedo¡

Yo, Surrealista

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Casi a mitad de año, cuando sin aliento se encuentran las festividades navideñas, de igual modo mis recuerdos respiran trabajosamente; vaivenes de añicos, caos de reconstrucción de hechos.

El adiós se duele, en la misma medida que, su antecedente, el amor; bruñe opacos gestos de temple humano en el presente. ¡Extraordinaria aleación entre la experiencia y la dignidad!

Vuelvo el rostro, por turnos, en derredor. La ambición en forma de frescor suave, me adula, ya que, he intentado viajar, con paso firme, a la fantasía. Donde generalmente te llevo un paso de ventaja, y no pocas veces alegato a mi favor.

Sin duda, todo obedece a una calma prodigiosa. Al fin, tregua solicitada por mi cansancio. Tomo impulso hasta surcar contracorrientes temperamentales, como piedrecilla rolliza acariciada por las arenas del mar, y en cuya distracción se pierde agradablemente mi asombro ¡Siento reparadas mis fuerzas!

Asimismo, el ardid de tu fragancia estacionada en las moléculas fantasmas de la memoria me sostienen, todavía, misteriosamente con vida.