Mi Abuela

De pie contemplo un prado, su verdor embarga un par de emociones. Esas que aunque, siendo dueño uno de ellas, en el respiro del bienestar adelantan la huida para infundir una sensible reflexión. Vuelan pero para elevar el aprecio que la distancia hace del ser amado.

Lo que se pierde en la mañana, no son parvadas como muchos creen, son mis desvelos, desamores, y tu adiós. No estoy solo me digo desde la nostalgia de tus palabras, fieles en mi espíritu, sobre todas las cosas Abuela de mi corazón.

Te Encontré

A poco de despegar mis pies del suelo, ecos decembrinos disfrazan tiernamente susurros de nostalgia. Sigilosos en su marcha han abierto misteriosos caminos. La trama encumbra todo un paisaje.

El agua nieve cumplió magnifico propósito. En esta, su nueva naturaleza cristalizada empuja resquicios de inhóspitas paredes; una imagen que me aguarda en busca de mis pretensiones de perfilarme hacia el lugar donde vive el espíritu.

Álgidos inviernos, casi siempre tintineantes en la memoria, merecen una alusión a la alegría no tanto por la época sino por cuanto significan para muchos que han entibiado sus soledades con copos de nieve; Llave formidable de un tropel de sensaciones.

El corazón que llevo dentro, recién templado en la sensibilidad del dolor, se asolea palpitante en un cielo añil que divisé en el ayer. Encuentro que comprende un sueño hallado en el umbral de mi conciencia cuando tenia nombre y forma la contemplación de la adorable sencillez.

Ya bambolean contra la caricia fresca del aire sobre mi rostro, con una claridad de ensueño que viene y va, voces infantiles entretejidas con villancicos; timbran melodiosas las gargantas en medio del regocijo de un canto nuevo. Del mismo modo, mi timidez se ha desinhibido, en éste instante ya me escucho cantar.

Mi acompañante es la noble idea de la inocencia que me permite exteriorizar; no más, no menos; Sólo y únicamente la extensión de cuanto no me cabe en el alma.

¿Y usted porque canta? – paseándose detrás de mi sombra me ha preguntado la duda, con el más absoluto desapego de la intromisión o la vergüenza. Entonces, de pronto, siento como si fuera puesto a descubierto, desarmado y listo para acelerar mis pasos lejos del lugar, sin embargo una fuerza me tiene sujeto a aquel entorno.

- yo siempre he cantado… – apenas puedo balbucir entre apretujadas experiencias en el pecho aglomeradas para impedir mis expresiones.

Mientras viajo por el trayecto de esta contrariedad, cuento las silabas de una estrofa, una tras otra. Un sentimiento casi perdido se ha encargado de hacerlas recordar: por medio de ellas se filtra la mañana aquella, diríase un crisol en donde la incertidumbre se transformó en filigrana áurea de la certeza.

¿Por qué no canta mucho más fuerte? – cuestiona aquella osadía con tenue delicadeza como enterada del inexorable mar de desencuentros que disminuyen mi voz.

- he perdido a un amigo – confeso, por fin caigo bajo el peso de lo que parece mi destino, un gimoteo desencadenante de una lluvia de tristezas me espera.

A través de este prisma de emociones; Incipientes lucecillas se transfiguran en mi interior al tiempo que braceo a puerto seguro, pero me arguyen colocándome a la deriva. Lugar en que la razón deambula.

El milagro ha materializado los ecos en coros andantes. Son los caminantes afectados por el arte de sus instrumentos musicales. Marchan a lo largo de las calles en universo de gesticulaciones y ademanes de gozo. La gente los recibe, la gente los aplaude. Son el símbolo de la navidad.

Este ambiente me ha convertido en un niño, el alborozo ha descompuesto mi andar. Brinco con igualdad de condiciones que la candidez lo hace en el alma de los pequeños. He encontrado a mi amigo una vez más en la frontera que separa mis contradicciones y la paz que no és de este mundo.

Su Inmortalidad

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Me he guardado con celo una de tus palabras en el corazón, no la que más me gusta sino la que tú me diste. En la frontera entre la noche y la mañana ésta me sonríe, su independencia busca mi felicidad. La sencillez de su naturaleza me ha mostrado el resquicio por donde mi alma abreva lucidez e incandescencia.

Hoy mientras paseaba por aquel parque deslucido por la crecida hierba, me guiñó en la aventura de querer ser reconocida por un candor eclipsado en una noche oscura; lapso de tiempo en donde los más grandes propósitos se desmoronan y los últimos destellos se niegan a darme protección en el camino de la vida. Me he acurrucado en ella, y he llorado a su lado. Abrí mi entendimiento a su inmortalidad y me ofreció su mano.

La Urbe

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Me alejé por un momento de la ciudad, y a mi regreso, centelleante por una bruma rechazando los rayos matutinos del sol, ésta me parecía otra. Un rasgo hay en mi, según me doy cuenta por la dimensión que adquieren los pueblos y ciudades mientras les atribuyo la observación; En ellas vive el arraigo de mis pensamientos.

Me gusta salir de la urbe, despedirme pero abrazarla de nuevo con la idea de descubrirla con la fuerza de la emoción, del asombro envolvente que doy a cada paso hasta completar mi destino en sus grandes asimetrías; cruce de calles y sentimientos.

Una palpitación

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Caminaba con mirada extraviada. Rogando por amaneceres; antídoto del pesar que se siente, sin duda, cuando el asomo de ayeres cede ante la madurez del presente.

La intriga del ser con alas, como he concebido el despertar de quien duerme, se ve reducida al escenario del universo donde todo es tan sólo la capacidad de una palpitación y, lo que parecía inmensidad es la necedad del orgullo, de la fumarola del pensamiento que se atribuye la fuerza de la más grande concepción.

El polvo, sin darme clara cuenta, había rociado lo que solía entretener la imaginación de niño; un rimero de libros, cuyos lomos desde ahora se unían en la formación de una gran muralla grisácea; Una turbulencia enfrascó el olvido en tan singular velo.

Clareó el día y me uní a este acontecimiento con un tropiezo prematuro al cruzar la sala, todo por dejarme hallar por la claridad fugaz. En la sucesión de mis pasos, acabé por forzar una precaución en una mirada, en lo que acusaría de encuentro cercano con la identidad. Frente a frente con mi vida.

La memoria corporal deshacía mis actos de conciencia; signo inequívoco de cuando el sueño se revela real y la delicadeza de la observación cautiva las sensaciones volviéndolas más cómplices de la ensoñación de la vida.