
Me observó la niña campesina, con esa mirada que parece reservada a estas personas de campo, fácil de distinguir pero difícil de interpretar. Sus pasos contagiados de timidez, se entumecían en cada intento por acercarse a mí. Ya habían pasado algunos minutos desde que su actitud había suspendido mi quehacer.
Sus labios, habituados a permanecer callados; prorrumpían en mi admiración pidiendo ayuda: su dolor sobrepasaba esta invalidez verbal impuesta por las costumbres de los mayores.
Extendió su brazo, y señalándome su antebrazo, dejaba ver la picadura de una abeja; el aguijón diminuto tentando a lo invisible. Y yo hombre de ciudad, cansando a la pequeña con preguntas; ¿Cómo?
Mi ignorancia sobre cuestiones rurales me empobrecía frente a los ojos tiernos de esta criatura. En ese escenario; ella rica, yo el más pobre; Ella sabedora, yo ignorante; ella maestra yo alumno.