
¡Déjame llorar! Un parecer mortal valía para mi existencia. La catapulta voraz aclamó mi destrucción, la vista hizo sentir seguro a mi enemigo, nada me ocultaba, la realidad le mostró un cuerpo de muerte. Confió mi aspecto fúnebre a la voz de la catástrofe. Entre risas, ufano, ensalivó su lengua de mi noticia; un chasquido de dedos, inauguraba la extinción de mi último estertor de vida.
Mas la misericordia engañó a mi contrincante, le instó a batir las palmas a expensas de mis infortunios. Y este al verme de pie, la locura le atribuye insomnes especulaciones mientras tu mano me añade a la lista de los que viven. Mi alma se ha acerado, mis piernas caminan entre sombras de muerte pero, la lámpara la tengo sobre la mesa.
De fuego intenso y cubierta de vida,
florece, brilla y enarbola
la pluma ardiente, la pluma consentida
Gracias