Jardín Delirante

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La media luz del cerrar de la tarde junto con la sinfonía de amontonados pájaros sobre la copa de un árbol, encubría potencialmente un rito, como el ayer lo hace con el tropel de recuerdos acurrucados en el latir de un corazón.

El hombre, sumido en un delirio, agitaba con capricho infantil ambas manos, en franca confusión ante lo que parecía una nube de polvo; el manto de la noche. Sentado desde las primeras horas en que el color pastel usurpa abrillantados jardines, con débiles flancos de flores hasta el instante mismo de lo que, en justicia, parecía pertenecerle.

Corridos los años, decidía volver, de cuando en cuando a mecerse en el encanto de una belleza que había hecho suya, y con la cual el celo de la alegría florecía. Aterciopelada voz, con el tono, que cualquier tinta cede a transformase en letra viva, y cuya comunicación segura da luz a las descorridas mantas de una tarde ominosa en apagar los sentidos.

¿Cuanto abastecimiento de alegría procura? Acaso el velo nocturno, guarda el secreto de una concesión arrancada, de quien riega un jardín delirante. Ahora sus ojos resplandecen, el rostro de aquella voz, hilo vivo de ternura, sonríe mientras el se abraza a ella. Quien ya sueña es la noche, porque ahora ella es real.

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