Atajo De La Niñez

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¡Aviéntenles trigo¡ Gritaba el chiquitillo, apretando en su puño cuanto le era posible proveer a aquellas aves, de una vez. Las criaturas aladas, primero tomaron la atención de la gente, que en derredor, sufría por ver lanzado un puñado más de alimento. El sol caldeaba irregularmente aquella pequeña plaza, reino entonces, de un placer infantil. Cual deuda convertida en pago, así, el suelo húmedo emitía un vapor, condensado, terco que cualquiera diría; fuegos pirotécnicos lanzados a la imaginación.

Con amagues involuntarios, el pequeño hacia retroceder o adelantar, a tan singular batimiento de alas, mismas que, acomodadas en la facultad del pensamiento, remedaban hojas movidas a la deriva por el viento. Sea lo que fuere. La fuerza infundida en el estado de ánimo de los mayores, sobrevivía al atajo de la niñez; recuerdo pero conducto por donde se llega a la admiración que se cree haber perdido.

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