Archivo para enero 2010

El domador y el caballo

16 enero 2010

A los caballos les debo admirable respeto. Su fortaleza destraba la delicada imagen lograda en el arte pictórico al cual debo parte de mis especulaciones ecuestres. Un conjunto de dotes aptos para la supervivencia lucen imponentes cuando se los percibe reales.

Tal cual atestigüé en un gratuito evento abierto a todo el público; el domador chasquea el látigo y el equino golpea los cascos contra el suelo. Pero, el espectáculo no me engaña, ese portento de la naturaleza ha reaccionado de un modo propio de su carácter.

De insospechada adaptación, se le ha visto surcar los vientos al igual que cruzar las ciénagas, dejando ver el poderío de sus ancas frente al peligro. Por la mente del observador desfilan galopes sobre la lluvia, el salto hábil de incrédula altura.

Y sobre todo el ejemplo de quien abandonado a su suerte se escapa de la inminente muerte gracias a la astucia y a su constante aprendizaje; de ello da prueba la simulada sujeción a su amo, mientras por dentro se sabe motivo de aquella alegría humana.

Que conciencia tendrá más supremacía sobre la otra, me pregunto, mientras; por un lado el gesto del domador forcejea con el relincho de aquel ser frente a las multitudes que aplauden a quien honor merece.

Júbilo De Invierno

11 enero 2010

El frío se ha volcado intenso sobre las calles. Enguantadas las manos y arropado de pies a cabeza descorrí el cerrojo de la puerta y me eché a andar calle abajo hacia un lugar de la ciudad, donde la reunión de los amigos combate asiduamente aquella parte de la naturaleza con anécdotas. Parece disfrutarse de la época invernal cuando se esta en compañía grata.

A ambos flancos de la calle los cristales de las ventanas, empañadas reciben la luz apagada del día ¡en inverosímil arrebato daría por hecho que por cielo tenemos un extendido papel celofán! Dentro de aquellos márgenes traslúcidos, los cuerpos y rostros se descomponen haciendo imaginar mil personajes de una sola vez.

Las farolas van y vienen con un resplandor que no se apaga. Tiemblo, pero no me importa porque mi esencia arde más que nunca. Un mal recuerdo me puso a un paso de perder toda aquella luminiscencia invernal ¡No hay nada que temer! me obligué a decirme en voz alta, y de nuevo se encendió el jubilo de invierno.

Poetisa

9 enero 2010

Quisiera beber la pócima que altera los sentidos y lo vuelven a uno poeta. Siempre me he preguntado sobre la moción de los poetas para que en alas del viento o de los océanos se arrullen. Si la fuerza humana entendiera de proporciones el pensamiento caería prosaico, pues, no puede nada contra su entorno.

Sin embargo, el mar cerca de las rompientes se esmera por conquistar al vigía asignado a la tarea de apostarse a resguardo. Los mismos cielos tachonados de estrellas se dejan caer mansamente a lo largo del camino; una huerta nocturna de flotantes frutos celestiales a merced de aquellos o aquellas.

La luna, algunas veces, rielando sobre las aguas dispone el manjar de la lírica expresión, otras tantas; frente a aquel espejo se viste de colores engalanando las caminatas de quienes buscan en tal actividad esclarecer sus vidas.

Ante todo esto, yo mismo, asombrado miro por detrás del hombro de la poetisa para observar el escenario que me plantea y lo único que logro ver; es su rostro argentado por la visión.

El otro día cuando me visitaba la desesperanza terminé abrazando a una de ellas; el dominio de mi mismo capituló y rendido, aun con la cara hundida en mis manos sollocé.

Me gusta soñar despierto, pero referido al caso, bajo aquella cortina de lágrimas, me salió al encuentro la verdadera naturaleza de aquel extraño ser; un ave mensajera capaz de entablar comunicación con los elementos desprovistos de conciencia.

En las mañanas, tardes y noches me asomo discreto a este mundo, para captar la belleza de sus palabras gravadas en alguna parte del universo, y no pocas en sus corazones.

El Avatar

7 enero 2010

¡Cántenme! Hoy, tengo ganas de saltar de gozo. Cuenta una historia que, el último deseo de una persona fue, dentro del amplio repertorio de posibilidades que encierra el quehacer y entretenimiento humanos, un acorde musical. Algunos ocurrían al lugar a hacer gala de sus facultades, cada uno emparentado con aquel hombre.

Llegó el turno para dos presentes más. Entró quien se dijo ser virtuoso del piano, ya dentro lo esperaba el violinista; el pentagrama se hizo al viento y tomó aires de una partida de ajedrez. De pie, y seguro de si mismos intercambiaban miradas de duelo. Un noble deseo bajo el peso de aquellos dos mundos rezumaba celo por la fragancia balsámica, que nadie dudaba, infundía en los espectadores.

Sustituidos por la grandeza de sus manifiestas ejecuciones concedían tomar la palabra sólo para agradecer; para dignificarse en la corazonada de quien en ellos veían temporales aves celestiales.

Sus gargantas pasaban saliva con la dificultad de quien se ve en peligro de muerte. Tomados de sus instrumentos, la tarde les regalaba en parda atmósfera, el yelmo del combate; rostros irreconocibles aunque todavía humanos.

Cuentan que de este raudal de gesticulaciones acaloradas en el hambre de la honra y de la inmortalidad, el hombre, protagonista de esta historia; llamó a un infante y ante la sorpresa de los asistentes, le pidió corear con su infantil voz melodía cualquiera.

Aquel canto hasta el día de hoy, se sigue escuchando; basta mirar a la copa de los árboles, donde algunas veces el sol carmesí descansa, para captar sus notas; con cada nidada de aves, el canto del avatar sigue persistiendo hasta nuestros días.

Un Sueño Extraviado

6 enero 2010

Con el júbilo en las manos, deshizo el nudo de la bolsa plástica llena de lucientes cuentas; pedrería de incomparable arrobo, justo cuando me disponía a consentir una indiscreción de mi parte. Y abriéndome los ojos con tan brillantes colores, compartió su hallazgo diciéndome – ¿Quién las habrá extraviado? –

Si bien es cierto que, el lanzarse al esclarecimiento de tal duda, comprendía una solidaridad admirable de quien se duele de igual manera imaginando la misma suerte, me alegraba por la pequeña.

– ¡Ahora son tuyas! – Argumenté en silencio rodeado de un festejo anidado en mi interior. Quien lo iba a decir. Mi consuelo se derritió en una facción triste y, un lagrimeo que se engarzó sin remedio con la punzada del recuerdo.

Del tiempo que llevaba siendo parte de aquel acontecimiento al brote de aquel rasgo de dolor en ella, la atmósfera se había espesado sin darme clara cuenta de infantiles sensaciones.

De cuclillas para mirarla a los ojos y confiado a la experiencia de unir mi mirada con la suya, la tomé del hombro.

– es posible que nunca demos con la persona, dueña de ellas – Pronuncié graduando el tono de cada palabra a fin de evitar el alterar aún más el ánimo de aquel corazón compungido.

Rendida a la lógica, o quizás a la resignación mencionó – ¡es verdad! entre tanta gente, ¿como podríamos encontrarla? – y con una sonrisa que amenazó con mostrarse, concluyó – si los sueños corrieran el riesgo de extraviarse siempre habría alguien, o algo para recordárnoslos, pero tratándose de objetos personales …

el parpadeo de esas piedrecillas al sentir del sol invernal me recuerda la timidez con que cada quien aloja sus capacidades ateridas pero aun relucientes en la esperanza de magnificarse en su verdadera dimensión al roce con el alma que nunca duerme.

La Conciencia Del Tiempo

3 enero 2010

Nunca me sentí atraído por los relojes antiguos, sus dimensiones las tengo como propias de una época en que contar los minutos y las horas debió significar para sus propietarios la emoción pronta de cumplir con alguna tarea o algún deber.

Para cualquiera debió de haber obrado aquella columna de preciosa madera, labrada exquisitamente para el sueño de una embonada carátula, un sobresalto o el gozo de encantarse con su tictac al calor de la chimenea y de los sentimientos.

Verse libre de su vista por prolongados momentos, me sugiere la época, debió de haber apresurado el andar para acortar al igual que la distancia el temblequeo de una respiración dificultosa.

A que viene todo esto, bueno, hoy muy de mañana; una mujer chapada a la antigua, de larga cabellera y cutis desprovisto de maquillaje pero de adorables expresiones de benevolencia, se detuvo frente a mi puerta. Y apuntando a un costado, con voz cantarina dijo; ¡es para usted!

Tal parece que la ley de la atracción tiene que ver, o se las entiende con mis contradicciones, sí, como seguramente está pensando el lector, nada más y nada menos que un reloj de esos que por nombre llevan “relojes de pie”.

Tuve que hacer acopio de coraje para adelantarme a decir, después de aquellas palabras amables; muchas gracias, pero no tengo espacio.

No le ha importado cómo he curioseado de entre mi baúl de excusas para presentarme con una. Dio un paso atrás dejando a mi libre albedrío la decisión de cerrar mi puerta o tomar la suerte de verme otra vez reconciliado con el tiempo en la red de acontecimientos que describen la cronología de mi vida. He de admitir como bien puede confirmar el lector que; hoy es el primer día del resto de mi vida.

Un Monólogo Forzado

2 enero 2010

– ¡Mira lo que se ha llevado el año! – con voz regulada, seguro, por el remilgo de algún quieto sentimiento, buscó mi parecer. Sentí que me faltaban las palabras y, adopté una media sonrisa que, en otras tantas situaciones había aligerado la carga de algún corazón oprimido.

-¡Es que no nos ha quitado nada!- Dije en voz baja como despojándome de la responsabilidad de hacer frente al eco de una emoción extraviada, pues, los motivos navideños aún colgaban de improvisados asideros por toda la casa.

– ¡Mira! ¡Como se ha puesto la mañana! no hay sol, y las manos entumecidas no me dan oportunidad de hacer nada – esta vez, como agua que fluye sin obstáculos, su voz se arrebujó por cada rincón de la habitación.

Y entonces me acerqué con parco entendimiento hacía la ventana, apoyando mis codos sobre el pretil, para maravillarme por el nado de los patos sobre el lago, con parte de su superficie congelada. La escena no desmerecía la de hermosas postales, aunque éstas las recataba el diseño y el dote de talento del artista y aquellas el motivo de la vida misma.

Como asaltado por aquel majestuoso asombro, me incorporé como activado por una fuerza invisible. Sentí una voz extraña y nueva alojarse en mi – ¡Así emprenderé este nuevo año! – alcé la frase como quien a bordo de su barco prevé tierra firma.

Al buscar sobre mi hombro aquel pesimismo, la verdad de mi existencia se desbordo a torrentes haciéndose festejo en el rostro reflejado que me acompañaba frente al panel de cristal.