La confabulación de las arenas

Todo sucedió tan rápido que aún hoy al traerlo a la memoria me cuesta el repentino estremecimiento y la escasez de aliento; el colorido de la vivencia en su conjunto se torna irresistible de hacerse a las palabras y dejarse plasmar.

Había tomado el camino que guía y da directo al muelle. Las desbandadas gaviotas a consecuencia del velo de bruma se me figuraban ojos espías tras el escudo de un visillo de alcoba, bien ponderado para descubrir al durmiente.

Estando cada vez más cerca de aquel amanecer me frotaba los delgados rayos de sol sobre mi cara toda, que siendo nacientes y templados se antojan puedan surtir un efecto de igual propiedad al del beso que calla, con su tibio chasquido, un llanto: con cierta probabilidad el que pertenece a la soledad.

Ya casi me decidía a dejar de lado mi imaginación entre la mar salpicada hacia el horizonte en plena luz, cuando sin advertir, tomándome del pie con voz descompuesta en gritos me pedía un desconocido salido de la nada en ferviente súplica.

– ¡Ayúdame! –

Envuelto aquél “personaje” en la postura del feto, y con las ropas necesarias para no describir su anatomía de desnudez, aferrado, apretujaba mi tobillo. Ya me hallaba en la arena cuando sucedió todo esto, ya miraba más de cerca.

Se redujo mi respiración en la succión del asombro cuando mis ojos colocados sobre aquella figura distinguieron una palidez camuflajeada en los granos de arena. Primero, sentí el impulso de alejarlo de mí, luego, al no ver su rostro con claridad, quise averiguar si se trataba de un niño o un adulto, más la falta de atrevimiento me encerró todo en su contemplación.

No dudo que, la renuencia y facilidad con que cada cual atiende a la comunicación influyó para querer llevar a cabo tales propósitos de desenmascarar sus facciones.

– ¡ponte de pie! – tartamudeé, indeciso de si en verdad eso deseaba, pues, la estructura de aquél se confundía con las arenas y de manera mucho más grave con mis miedos.

– ¡ayúdame pronto! – en una ráfaga de palabras se dio a entender, y yo de inmediato me percaté que no contaba, en el fuero interno, con lo que me pedía, es decir, con el corazón de dar sin esperar nada a cambio.

– ¡Si esperas! – Repuse – estaré de vuelta en poco tiempo.

Parecía estar cobijado por la arena y anidado en los rayos de sol oblicuos sobre un punto en aquel centro de atención que ocupaba.

Si se me preguntara, hasta este punto, que sensación me embargaba sólo atinaría a confesarme guiado por la prisa de retomar el camino de vuelta a casa. Su mano me amordazaba ferozmente cual grillete templado en la fragua de las grandes penas del alma.

Varios esfuerzos inútiles me hicieron caer en la cuenta que lejos estaba de desatar aquella mano de mi cuerpo. Temía que la voz del miedo tomara partido en esta convulsa situación y que presentase cargos demenciales en contra mía en tan singular apartado de realidad.

– ¡suéltame! – levanté la voz aconsejado por la incomodidad de tal suerte y caí de espaldas sostenido por las palmas de mis manos hundidas finalmente en el arenal.

Debajo de mis pies, un tronco esculpido con arena y sal yacía enterrado. Sus formas desencajadas de su principal volumen al juego de los efectos del entorno se asomaban extraordinariamente humanas y yo, debía ahora, situar muy recónditamente de donde provenía aquella primera exaltación de socorro.

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5 comentarios en “La confabulación de las arenas”

  1. mejorana Says:

    La imaginación nos juega a veces malas pasadas, Jorge. A mi ya me tiene acostumbrada y veo gigantes donde debería de ver molinos.
    O debería verte a ti. que hay que ver que poco te prodigas.

    • jorge Says:

      Te doy la razón Mejorana, La imaginación nunca se acopla a la quieta realidad, siempre parece tener la última palabra.
      Un Saludo.

  2. mejorana Says:

    Igual te has perdido en la arena. Quien sabe. Escribiendo y escribiendo sin parar.

  3. LUZ MARINA Says:

    Detente ante el gemido del alma, pues más allá de la conciencia pide atención, pide clemencia.

    Tu sabes como agrada a mi corazón tus escritos. Saludos Jorge.


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