Otros ojos

Pateé la puerta de la cafetería, tras el duro golpe, sus desunidas partes poco consistentes quedaron percutiendo atonas. Dentro, muy a pesar del repentino estrépito, todo guardaba una sorprendente calma, pero este hecho poco me sirvió para reflexionar y obtener algún provecho, es decir, alguna idea del porqué mi actuar se había desviado hacia un desatinado impulso.

Se me ofreció un café apenas me acomode en una silla dispuesta para los recién llegados, y entonces al esforzarme por dar un sí verbal a la infantil cordialidad, me atoré en mi hablar y deje notar un asentimiento nada más a fin de que no se me tomase a insulto mi aparente reserva.

– ¿Entonces café, no es cierto? – Preguntó la servicial mecerá, muy joven y de desaliñados cabellos, corta de estatura pero con un semblante igual al que de la descripción de los ángeles hacen los inspirados.

Insistiendo, quería proferir palabra. La pensaba como alguien que practica en su memoria un número de veces antes de atreverse a decirla propiamente, y aun así, imposible me fue dictarla del pensamiento a la boca.

La musa pareció comprender mis inoportunas limitaciones y le confió una sonrisa a mi silencio injustificado y sin embargo sufrido. Discurrieron los minutos apacibles mientras mi mirada se paseaba por el lugar en busca de algo que no pruebo exponer con alguna concreción.

Un sorbo tras otro, lentos en su ingestión, fueron ofreciéndome alternativas para comprender mi desgracia, y así avanzó la tarde hacia la noche y, cuando finalmente lleno de certidumbre intentaba explicarme este extraño evento, la niña una vez más se acercó, ahora, dejándose ver en su lenta aproximación desde donde depositan las tazas, desde las apiladas charolas junto a una gran mesa que hace las veces de mostrador.

– ¿Puedo recoger su taza? – sugirió, entrecortada la voz, esta vez su rostro parecía uno muy distinto de aquel primero. ¡Sí! se trataba de la misma mesera, lo puedo asegurar por esa indeleble impresión que dan las personas al presentársele a uno de un sólo golpe, además, su cabellera también hablaba claramente de su inusitada aparición.

– Gracias, pequeña – dije quedamente, temeroso de que mi respuesta fuese fallida como cuando me atreví a hablarle sin poder hacerlo. Me encaminé a la puerta y todo parecía haber quedado atrás, desde esa distancia que separa a la recepción de la salida me contemplaba con un relampagueante brillo en sus ojos que seguro estoy alumbrará a otros tantos que sombras de si mismos son.

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One Comment en “Otros ojos”


  1. Y estabas ahi, mirándo fijamente las fibras de mi alma. Senti temblar mi corazón y mis manos escribieron flores, escribieron versos.

    La ira de forma inusitada cambia sin sospecharlo el calor de nuestra mirada.

    Jorge, me encantó leerte. Falta me hacen tus palabras.

    Saludes.


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