Anacrónico Proceder

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Ya aclaraba el día cuando resolví dirigirme a la puerta marcada con el número once, ya para entonces invadía a mi alma la sombra de la superstición. Aquél, el signo numeral, hecho de metal, se columpiaba un poco hacia la derecha cada vez que ella dejaba ver su macilento rostro al empujar la puerta.

Costumbre suya era la de entornar la misma detrás del oscuro e intrigante silencio acumulado a sus espaldas; bien para encargarse de quien la solicitaba, bien para juzgar por si misma su entorno. Era esta segunda actitud de feroz curiosidad, la que raptaba mi suelta imaginación, pues, una vez atrapado por su detectivesco escrutinio difícilmente podía recuperar la serenidad.

He perdido la cuenta del número de veces en que creyéndome magníficamente fuerte presencié incrédulo el fatal desmayo de mi carácter frente a su esbelta y encorvada figura. Seguramente sus lúgubres facciones como gotas de una tardía lluvia se precipitaron hacia un fértil espacio de mi corazón en donde germina la semilla de la humana compasión.

Sus crepusculares ojos sometían a los míos a vivir una sensación hipnótica que enturbiaba mi manso ánimo, desde luego, la realidad observable que me rodeaba venia en mi auxilio insistiéndome al igual que una madre lo hace en medio de las tinieblas con su hijo, no hacer caso de esta traicionera inflexión de su fisonomía pero su reveladora intención llegaba justo cuando ya padecía el efecto de aquella sobredosis de deteriorada humanidad.

Este preludio es apenas una pequeña nubecilla de la total y cruel tormenta en que se convirtió mi vida sin ella. Con los años he buscado incansablemente una respuesta que alumbre una vez más mi paz, estando preferentemente a solas, pero ya no tengo dominio de mí mismo contra lo que creo se trata de su visita sobrenatural.

El origen de mi pesadilla brotó cuando gozaba de una plenitud de bienestar en mí ser, esta quietud de espíritu, sin darme cuenta, había dispuesto mi voluntad para buscar lo sublime y etéreo. Pero entonces tropecé con el peso de su misteriosa existencia que poco a poco se trasformó en agobiante bruma.

Corría el año 2003, a principios de abril. Había pasado una larga noche, insomne, debido al momento que estoy a punto de contar y del cual, aunque le sufro, doy testimonio; para llegar hasta allí, a su domicilio, en donde su pálido rostro inerte se asomaba para dejarse contemplar, primero tengo que conquistar las difíciles escaleras que serpentean locamente y lo vuelven a uno precavido.

Mirando a mí alrededor, con el instinto de los que son perseguidos, intente descifrar aguzando mis oídos los silencios. Me pareció que todos dormían profundamente todavía. Así, cuidadoso de mi proceder acariciaba al mismo tiempo el sueño reparador que había perdido la víspera.

El alba ya guiaba mi caminar con su luz vertida y atrapada celosamente en el domo agrietado por las lluvias y el viento. Este trayecto abovedado era obligado y servía como conducto para tomar escaleras arriba. Supe que era la ingenuidad quien me conducía, por mejor decir, el deseo de llegar a su encuentro.

De una cosa estaba seguro y ello contribuía a no dar marcha atrás, sentía una terrible ansia por tenerla cerca. El ambivalente sentimiento por ella originó una sensación de dulce y pueril estupidez que evocó recuerdos inocentes que creía desdibujados por el paso del tiempo.

Doblé el discreto recoveco situado entre el fin de aquel túnel y el primer escalón que abre el libre andar camino arriba. Me aseguré de que nadie observaba; me sentí dichosamente protegido por mis precauciones y halagado con mí inteligencia.

Cuando hube alcanzado la segunda planta del edificio volví la espalda al recorrido escalonado que se deslizaba interminable desde esa perspectiva y entonces un extraño vértigo se apoderó de mí sin darme tiempo a rectificar mis intenciones.

Como si temiera caer a un profundo vacío, me alejé del rellano desesperado por afianzarme a algo pues era todo un nudo de nervios. Reflexioné del porqué de mis temores en mala hora y cuando la calma esperaba algún mérito.

Seguí caminando pero a pesar mío aún me agobiaba el percance con aquel desequilibrio mental, se apagó mi vista unos instantes y tallé mis ojos. De golpe ya me encontraba frente a una densa multitud de niños cerrándome el paso. Aún no percibía si a apropósito o involuntariamente. Sólo después advertí una dolorosa hostilidad.

Como pude rompí aquel muro humano que lo fue más por mi incredulidad que por su fortaleza. En la medida que fui abriéndome paso, sentí sus pequeños brazos ceñirse férreamente a las muñecas de mis manos. Por un brevísimo instante, se despertaron en mí oscuros sentimientos de opresión.

Quizá esos sentimientos se avivaron porque iba ciegamente pensando en ella y en nadie más. Sé mejor que nadie que las robustas sombras pueden amenazar cernirse sobre nuestras libertades cuando todos nuestros sentidos toman sólo una dirección, los objetos y el derredor no constituían otra cosa que un aire de indiferencia.

Entonces por vez primera dude de la continuidad cronológica de aquella noche que había pasado sin dormir y este caminar mío. Advertí que no amparaba ninguna puerta aquella morada en la cual esperaba mirar una vez más su rostro. Los pequeños me insistían aguardar y trataban por todos los medios de hacerme volver en sí.

Parecía ser su consigna evitar el acceso al lugar, porque, una temerosa voz, se escuchó entre ellos.

– ¡No le permitan la entrada, si no se volverá loco como la última vez! –

Es cierto, pero siempre lo olvido, ella se ha marchado desde hace un buen tiempo para nunca más volver, nunca dijo adiós. Y aunque no creo haber perdido la razón, entre sueños, me sigue observando calladamente. La semilla plantada en mi corazón por ella ha crecido tanto que, ahora ahoga el sentido real del tiempo.

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One Comment en “Anacrónico Proceder”

  1. angeldeinspiracion Says:

    Más que al alma gratifica el corazón.


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