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Tiempo inmisericorde

22 enero 2013

crying angel

Me angustian tus cabellos, ideales de una ambición aprendida en mi juventud. Se bastan con un ínfimo reflejo de luz que, ni siquiera pertenece al presente para encantarme y hacerme preso una vez más. El elogio sobre ellos me conduce a tropiezos con el lenguaje y, después, lleno de una alteración avasalladora, cubro mi rostro con mis manos entre sollozos de similar forma a un náufrago que ha encontrado su salvación.

Su lozanía es dulce manantial de un alma sedienta como lo es la mía, sin embargo, el viento gélido que se abre paso entre tu pelo también ejerce fuerza contra mí y hiela mis candores, entonces la hermosura queda transformada en carámbanos terroríficos. Es la escena igual de magnifica a aquel alud de nieve que camino abajo va arrasando todo a su paso.

¡Oh mañana de enero! cetro de inmisericordes desengaños, me dejaste soñar y no tuviste compasión de mí aun cuando en hondo llanto me encontraste postrado hace algunos ayeres frente a mis penosas reflexiones. ¿Habré optado por lo fantasmagórico que por la verdad de sus sentimientos que reposaban amablemente en mi pecho?

Ruinas eternas

1 noviembre 2012

Partí del lugar de donde vivía, era de mañana cuando la luz primera da ligeramente sobre la aglomeración de casas y templa calladamente las frialdades emotivas. La fecha no la puedo recordar, a más esfuerzo que hago para sustraerla de cuanto atesoro en la memoria más lejana y borrosa se halla.

Con aquella conciencia propia advertí que, mis pasos dejaban de escucharse, y suposiciones de tiempo se hicieron presentes; un minuto, otro, y ya después, no lograba con precisión contar los siglos. Rendido en este inagotable ciclo perdí el sentido para reaparecer envuelto, sin aparente razón, en la siguiente escena.

Mis piernas andaban pero no las veía, algo se interponía entre ellas y yo, ¡eso sí! podía sentir el corto paso o la zancada deslizarse frente a mí. Tengo los detalles de la desigualdad que sentí a la par de un ser salido de la nada, el cual, fungía como guía de un escenario desolador y obligado.

En su transparente rostro no reposaba ninguna emoción amiga tampoco rastro de haber corrido sangre a través de él; de eso fielmente da cuenta mi encuentro con su apariencia. Si no fuese por su independencia vista al moverse le habría tomado por pieza de porcelana olvidada en el camino.

– ¡Deténgase aquí! – bruscamente habló frente a unas ruinas abandonadas que dominaban un valle profundo y de muerte, entonces, me cogió del brazo; impedido para avanzar, lo único sensato que se me ocurrió fue abstenerme de protesta y aguardar quieto.

Admití que, este heraldo tenía algún tipo de autoridad sobre mi destino, mi interior reconocía la adjudicación de ese revestimiento superior e indiscutible sin ninguna dificultad, la realidad de su jerarquía era absoluta e irrevocable.

En el timbre de su voz había una espantosa advertencia. No tengo la palabra exacta para medir el grado de precaución que despertó esta contradicción en mis consideraciones. Tanteé el horror nacido en mí y miré a nuestro alrededor como si alguien nos observará con mal propósito.

– ¿ocurre algo? – balbucí sintiendo que se me acababa el aire con el cual se construyen una a una las palabras. Grande presentí mi atrevimiento inquisitorio y el riesgo de haber puesto en peligro lo que me quedaba de vitalidad ya que disminuido aspiraba trabajosamente.

– ¡Aquí deja de latir el corazón humano más no su alma! – dijo con sepulcral tristeza que se me figuró una incontrolable exhalación de vida dispersa y transformada al instante en cenizas navegantes del aire sofocante.

Me vi completamente acorralado en mi interior con motivo de lo escuchado, entonces, quise volverme sobre mis pasos ¡recuperar el camino! pero el recorrido se había perdido tras de mí en una densa niebla, tan espesa como la ceguera de los sentidos.

Ya suelto como fiera en mi desesperación, alcé la vista en busca de algún astro. Buscaba alguna fugaz estrella debido a la poca luz que suponía su aparición, parpadeantes y risueñas otras veces, ahora ningún rastro quedaba de ellas, agitados golpes retumbaban en mi pecho y lo sentía estallar.

Las ruinas jugaban con esta debilidad mía, pues, de monstruosidades impregnaban las agrietadas paredes de mi alma. Y todos los dulces planes acompañantes de mis días terrenales olían amargamente, un otoño desconocido había arrebatado sus esperados frutos. Otras estaciones dominaban esta dimensión en donde lo que solía contemplar con aprecio constituía un puñado de arena.

Me vino el deseo de hacer otra pregunta pero sólo conseguí darme cuenta de que me acompañaban incontables soledades vestidas de remordimientos; así, tan pronto como tuve esta idea tan luego me percibí pletórico de dolorosa eternidad.

El mensajero provisto de luz propia giraba lejos en delicados revoloteos dos siglos atrás, con esta facilidad memorativa se alcanza lo inmemorial en esta atmosfera asociativa. Aquí los años parecen segundos y los segundos interminables tiempos acoplados a endechas jamás escuchadas por oído humano.

¿Oh, era, ahora, parte de la vida o de la muerte? Las piedras esparcidas apuntaban hacia un camino sin retorno, supe el nombre de anteriores caminantes, ese conocimiento nominal se me presentó igual que cuando un recuerdo se arrastra impunemente sin saber cómo por los recovecos de la memoria, chispeando y apagándose hasta que por fin nos deslumbra y conmueve.

Vi ídolos de piedra repletos de formas humanas; unos, regados en forma de escombros ampliaban la boca de este paradero; otros, desmoronándose ridículamente se alzaban en montículos. La opacidad impuesta en el sitio constituía un falso signo de vida que existió o que alguna vez fue.

Desconfié de mis percepciones y, en seguida, permitiéndome un acercamiento mayor a pesar de mis espantos, descubrí en aquellas grotescas formas, con mudo asombro, una ruinosa escultura en cuya baja inscripción se comenzaba a leer mi nombre. La experiencia visual se desenvolvía siguiendo el patrón de prueba error que siguen las palabras escritas y corregidas alternativamente.

– ¿Qué hago aquí? – saltó del pecho la pregunta. Aterrorizado retrocedí chocando contra un ídolo más a mis espaldas, éste era tan reconocible y no se ocultaba más tras la naturaleza humana, tomaba la palabra en nombre de muchedumbres y padecía de un llanto sempiterno que se arrellanaba en todo aquel lugar con la atroz similitud de las lluvias de ceniza volcánica que llegan a las más hondas hendiduras.

No me hagas harto recordar cómo franqueé aquella frontera o a quién debo el término de ese amenazador y desolador cautiverio, sólo me resta descubrirte que el segundo ídolo en esta tierra se conduce sin reservas morales y viste de vanidad con el favor de quienes creen en él. Sus adeptos son revolucionarios y muchos.

La carne de sus seguidores muere día con día y es sepultada allí donde la luz se apaga para siempre y en donde no hay espacio para un firmamento. La estación que custodia sin descanso ese reducto es una especie de invierno terrenal perenne. ¿Viví o morí? lejos estoy de comprender para tomarme un descanso, sólo sé que, respiro siendo otro y que, ya no vivo para mí.

Otros ojos

15 septiembre 2012

Pateé la puerta de la cafetería, tras el duro golpe, sus desunidas partes poco consistentes quedaron percutiendo atonas. Dentro, muy a pesar del repentino estrépito, todo guardaba una sorprendente calma, pero este hecho poco me sirvió para reflexionar y obtener algún provecho, es decir, alguna idea del porqué mi actuar se había desviado hacia un desatinado impulso.

Se me ofreció un café apenas me acomode en una silla dispuesta para los recién llegados, y entonces al esforzarme por dar un sí verbal a la infantil cordialidad, me atoré en mi hablar y deje notar un asentimiento nada más a fin de que no se me tomase a insulto mi aparente reserva.

– ¿Entonces café, no es cierto? – Preguntó la servicial mecerá, muy joven y de desaliñados cabellos, corta de estatura pero con un semblante igual al que de la descripción de los ángeles hacen los inspirados.

Insistiendo, quería proferir palabra. La pensaba como alguien que practica en su memoria un número de veces antes de atreverse a decirla propiamente, y aun así, imposible me fue dictarla del pensamiento a la boca.

La musa pareció comprender mis inoportunas limitaciones y le confió una sonrisa a mi silencio injustificado y sin embargo sufrido. Discurrieron los minutos apacibles mientras mi mirada se paseaba por el lugar en busca de algo que no pruebo exponer con alguna concreción.

Un sorbo tras otro, lentos en su ingestión, fueron ofreciéndome alternativas para comprender mi desgracia, y así avanzó la tarde hacia la noche y, cuando finalmente lleno de certidumbre intentaba explicarme este extraño evento, la niña una vez más se acercó, ahora, dejándose ver en su lenta aproximación desde donde depositan las tazas, desde las apiladas charolas junto a una gran mesa que hace las veces de mostrador.

– ¿Puedo recoger su taza? – sugirió, entrecortada la voz, esta vez su rostro parecía uno muy distinto de aquel primero. ¡Sí! se trataba de la misma mesera, lo puedo asegurar por esa indeleble impresión que dan las personas al presentársele a uno de un sólo golpe, además, su cabellera también hablaba claramente de su inusitada aparición.

– Gracias, pequeña – dije quedamente, temeroso de que mi respuesta fuese fallida como cuando me atreví a hablarle sin poder hacerlo. Me encaminé a la puerta y todo parecía haber quedado atrás, desde esa distancia que separa a la recepción de la salida me contemplaba con un relampagueante brillo en sus ojos que seguro estoy alumbrará a otros tantos que sombras de si mismos son.