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La confabulación de las arenas

10 febrero 2012

Todo sucedió tan rápido que aún hoy al traerlo a la memoria me cuesta el repentino estremecimiento y la escasez de aliento; el colorido de la vivencia en su conjunto se torna irresistible de hacerse a las palabras y dejarse plasmar.

Había tomado el camino que guía y da directo al muelle. Las desbandadas gaviotas a consecuencia del velo de bruma se me figuraban ojos espías tras el escudo de un visillo de alcoba, bien ponderado para descubrir al durmiente.

Estando cada vez más cerca de aquel amanecer me frotaba los delgados rayos de sol sobre mi cara toda, que siendo nacientes y templados se antojan puedan surtir un efecto de igual propiedad al del beso que calla, con su tibio chasquido, un llanto: con cierta probabilidad el que pertenece a la soledad.

Ya casi me decidía a dejar de lado mi imaginación entre la mar salpicada hacia el horizonte en plena luz, cuando sin advertir, tomándome del pie con voz descompuesta en gritos me pedía un desconocido salido de la nada en ferviente súplica.

– ¡Ayúdame! –

Envuelto aquél “personaje” en la postura del feto, y con las ropas necesarias para no describir su anatomía de desnudez, aferrado, apretujaba mi tobillo. Ya me hallaba en la arena cuando sucedió todo esto, ya miraba más de cerca.

Se redujo mi respiración en la succión del asombro cuando mis ojos colocados sobre aquella figura distinguieron una palidez camuflajeada en los granos de arena. Primero, sentí el impulso de alejarlo de mí, luego, al no ver su rostro con claridad, quise averiguar si se trataba de un niño o un adulto, más la falta de atrevimiento me encerró todo en su contemplación.

No dudo que, la renuencia y facilidad con que cada cual atiende a la comunicación influyó para querer llevar a cabo tales propósitos de desenmascarar sus facciones.

– ¡ponte de pie! – tartamudeé, indeciso de si en verdad eso deseaba, pues, la estructura de aquél se confundía con las arenas y de manera mucho más grave con mis miedos.

– ¡ayúdame pronto! – en una ráfaga de palabras se dio a entender, y yo de inmediato me percaté que no contaba, en el fuero interno, con lo que me pedía, es decir, con el corazón de dar sin esperar nada a cambio.

– ¡Si esperas! – Repuse – estaré de vuelta en poco tiempo.

Parecía estar cobijado por la arena y anidado en los rayos de sol oblicuos sobre un punto en aquel centro de atención que ocupaba.

Si se me preguntara, hasta este punto, que sensación me embargaba sólo atinaría a confesarme guiado por la prisa de retomar el camino de vuelta a casa. Su mano me amordazaba ferozmente cual grillete templado en la fragua de las grandes penas del alma.

Varios esfuerzos inútiles me hicieron caer en la cuenta que lejos estaba de desatar aquella mano de mi cuerpo. Temía que la voz del miedo tomara partido en esta convulsa situación y que presentase cargos demenciales en contra mía en tan singular apartado de realidad.

– ¡suéltame! – levanté la voz aconsejado por la incomodidad de tal suerte y caí de espaldas sostenido por las palmas de mis manos hundidas finalmente en el arenal.

Debajo de mis pies, un tronco esculpido con arena y sal yacía enterrado. Sus formas desencajadas de su principal volumen al juego de los efectos del entorno se asomaban extraordinariamente humanas y yo, debía ahora, situar muy recónditamente de donde provenía aquella primera exaltación de socorro.

El rostro de la conciencia

7 enero 2012

Presa del vientecillo suave aminoré mi hondo respirar e hice frotar mis entumidas manos insistiendo en costumbres de infancia, y entre irresistibles escalofríos esforcé, con repentina precaución, mi cuerpo a contraerse de modo que una clara idea me hacia suponer que así podría preservar un cálido instante.

El paso del tiempo se entretenía con mis falsos remedios para prevenir el frío que, aunque sabiéndolo yo en lo recóndito del práctico saber, poco me importaba. No me cuesta ningún trabajo encontrar la disculpa de mi niño interior ante tales circunstancias.

Así debí de retrasar cuánto de normalidad a ojos de los demás, soy capaz de aventurar en cada andar que asumo sin restar equilibrio a mi cuerpo porque me sentí asaltado en mi conciencia cuando escuché: ¿Vive cerca de aquí?…

Me ha preguntado, sin secreta intención, una pequeñita de tierna edad al verme ejecutar cada movimiento sin duda, como bien se dice “en el amplio sentido de la extravagancia”.

Sus ojos sobrecargados de brillo – extrañísimo efecto – al parecer proveniente del contacto entre la nieve y el rasgado cielo borlado de despintadas nubes de concierto en sus luceros, se han apoderado de mis reflexiones.

– ¿Por qué se le ve triste? – Una vez más ha indagado para desgracia de un lenguaje oprimido y sediento con ganas de escapar. Largos y delgados cabellos asoman en el contorno de su cara. Una onírica imagen ha querido hacerse de esa cabellera y transformase en bandada de hermosas aves en frenesí por conquistar los aires.

– ¡Corazón! De ninguna manera me invade la tristeza, tan sólo aguardo a retomar mis fuerzas. Tú, mejor que nadie, sabes reconocer cuán necesario es el descanso para continuar y además…

– ¿Pero… usted lleva muchos años aguardando? – Con finísima y calma voz, emblema de quienes poseen el don de adentrarse en los corazones, suspira interrogando.

Seguramente, su ternura ha vencido al terror con sus dos manecillas, verdaderas garras de acecho cuando increpan mis inconclusos proyectos sujetos a su medida; semejante artificio que late al son del tic-tac me empuja hacia la incredulidad.

Abruptamente, me he dado cuenta que mi corazón arde tal como cuando se vuelve a la conciencia y se logra respirar. ¿Se habrá tratado de una evocación? ¿O los pájaros en el horizonte significarán algo?

El Avatar

7 enero 2010

¡Cántenme! Hoy, tengo ganas de saltar de gozo. Cuenta una historia que, el último deseo de una persona fue, dentro del amplio repertorio de posibilidades que encierra el quehacer y entretenimiento humanos, un acorde musical. Algunos ocurrían al lugar a hacer gala de sus facultades, cada uno emparentado con aquel hombre.

Llegó el turno para dos presentes más. Entró quien se dijo ser virtuoso del piano, ya dentro lo esperaba el violinista; el pentagrama se hizo al viento y tomó aires de una partida de ajedrez. De pie, y seguro de si mismos intercambiaban miradas de duelo. Un noble deseo bajo el peso de aquellos dos mundos rezumaba celo por la fragancia balsámica, que nadie dudaba, infundía en los espectadores.

Sustituidos por la grandeza de sus manifiestas ejecuciones concedían tomar la palabra sólo para agradecer; para dignificarse en la corazonada de quien en ellos veían temporales aves celestiales.

Sus gargantas pasaban saliva con la dificultad de quien se ve en peligro de muerte. Tomados de sus instrumentos, la tarde les regalaba en parda atmósfera, el yelmo del combate; rostros irreconocibles aunque todavía humanos.

Cuentan que de este raudal de gesticulaciones acaloradas en el hambre de la honra y de la inmortalidad, el hombre, protagonista de esta historia; llamó a un infante y ante la sorpresa de los asistentes, le pidió corear con su infantil voz melodía cualquiera.

Aquel canto hasta el día de hoy, se sigue escuchando; basta mirar a la copa de los árboles, donde algunas veces el sol carmesí descansa, para captar sus notas; con cada nidada de aves, el canto del avatar sigue persistiendo hasta nuestros días.

Un Monólogo Forzado

2 enero 2010

– ¡Mira lo que se ha llevado el año! – con voz regulada, seguro, por el remilgo de algún quieto sentimiento, buscó mi parecer. Sentí que me faltaban las palabras y, adopté una media sonrisa que, en otras tantas situaciones había aligerado la carga de algún corazón oprimido.

-¡Es que no nos ha quitado nada!- Dije en voz baja como despojándome de la responsabilidad de hacer frente al eco de una emoción extraviada, pues, los motivos navideños aún colgaban de improvisados asideros por toda la casa.

– ¡Mira! ¡Como se ha puesto la mañana! no hay sol, y las manos entumecidas no me dan oportunidad de hacer nada – esta vez, como agua que fluye sin obstáculos, su voz se arrebujó por cada rincón de la habitación.

Y entonces me acerqué con parco entendimiento hacía la ventana, apoyando mis codos sobre el pretil, para maravillarme por el nado de los patos sobre el lago, con parte de su superficie congelada. La escena no desmerecía la de hermosas postales, aunque éstas las recataba el diseño y el dote de talento del artista y aquellas el motivo de la vida misma.

Como asaltado por aquel majestuoso asombro, me incorporé como activado por una fuerza invisible. Sentí una voz extraña y nueva alojarse en mi – ¡Así emprenderé este nuevo año! – alcé la frase como quien a bordo de su barco prevé tierra firma.

Al buscar sobre mi hombro aquel pesimismo, la verdad de mi existencia se desbordo a torrentes haciéndose festejo en el rostro reflejado que me acompañaba frente al panel de cristal.

Mi Abuela

18 diciembre 2009

De pie contemplo un prado, su verdor embarga un par de emociones. Esas que aunque, siendo dueño uno de ellas, en el respiro del bienestar adelantan la huida para infundir una sensible reflexión. Vuelan pero para elevar el aprecio que la distancia hace del ser amado.

Lo que se pierde en la mañana, no son parvadas como muchos creen, son mis desvelos, desamores, y tu adiós. No estoy solo me digo desde la nostalgia de tus palabras, fieles en mi espíritu, sobre todas las cosas Abuela de mi corazón.

Lágrimas fugitivas

11 octubre 2009

751px-At_the_Base_of_the_Cliff_by_Frederick_J__Waugh

Aun con los ojos entreabiertos, el color dulce de los sueños se pasea, apenas, en leve rastro sobre los objetos personales incendiados por el repentino contacto con los sentimientos; rieles de lágrimas fugitivas de un corazón azolado y quebradizo; Han dispuesto colapsar mi carácter.

Solía ser fuerte, sin embargo, desde  ahora me añado a los que se dicen fácilmente afectados por evocaciones austeras.

Me despertaré sostenido por una sonrisa, me repetía ayer en la multiplicación de los deseos, cuyo eco, avanzó hasta muy entrada la mañana.

En un acorde instrumental, La alborada ofrendó vestigios de una playa enarenada por el trino de aves al compás de voces amigas ya ausentes. El tanto de extrañeza me ha devuelto el gesto de sus rostros. Bosquejos de sonrisas se han extendido como marea. ¡Abrázame fuerte!

Vergel En Flor

24 abril 2009

harpe_de_lumiere

El colibrí iba y venia rompiendo moldes austeros hechos y acuñados por aves impostoras, y con él el forcejeo con adjetivos me dejaban sin fuerza. Afanoso de conquistar su reflejo en la expresión verbal, sólo conseguía herir pensamientos nuevos.

De verdad que, su par de alas accionaban un mecanismo que de cara al sol, fructificaba en policromo esplendor dotando mi visión de un prisma; desde el blanco incandescente, pasando por el esmeralda de influjo confiable, hasta terminar con la dicha multicolor. Ante esta criatura huidiza y de carácter llamativo, según el efecto despertado en mi espíritu, mejoré una aplicación de sentimientos a favor de la coherencia y la razón.

Así de regreso a casa, sentía y actuaba como si una reacción reservada hubiera cedido al peso de aquella experiencia; he mirado a través de otra naturaleza, me he hecho de alas y, de un vergel en flor. Estoy a dos pulsos de abrazarme con la noción y la pluma.