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Vocación del recuerdo

16 mayo 2013

street light

Sin estar cansado quería estarlo, sin esperar a nadie quería disponerme a hacerlo. La tarde había llegado a su fin cuando me tomé de estos caprichos. Encendí y me deje iluminar por una gastada vela que de inmediato proyectó el contorno de mi cara sobre mi conciencia.

Comencé a agitarme mientras el baile de la flama bicolor acompañaba cariñosamente mi respirar, con cada exhalación la danza renacía. Todo indicaba que mi proyecto daba resultado. Fue maravilloso perderme por unos instantes en la renovación de la llegada de mis seres queridos.

Entonces, increpado por mis ficciones me puse de pie y traspuse mi interés hacia la calle a través de la ventana. Cuanto mayor era mi deseo por reconocer a algún andante, mayor lo era también mi amistad con aquel pacto falaz.

Libre y desenmarañado de tiempo como me encontraba, uno que otro caminante se mostró familiar con ayuda de la noche. Por brevísimos instantes mi contento consiguió débiles sonrisas. Pero al llegar al candente faro que marcaba el límite de la calle, la luz de este les devolvía misteriosamente su identidad de extraños.

Y fue justo en ese rocío de luz donde descubrí que no sólo se les devolvía a los seres nocturnos sus rostros auténticos, también mi corazón encontraba su verdadera bonanza y yo el descanso en mi sueño al ritmo de la última danza de mi fuente de luz.

La confabulación de las arenas

10 febrero 2012

Todo sucedió tan rápido que aún hoy al traerlo a la memoria me cuesta el repentino estremecimiento y la escasez de aliento; el colorido de la vivencia en su conjunto se torna irresistible de hacerse a las palabras y dejarse plasmar.

Había tomado el camino que guía y da directo al muelle. Las desbandadas gaviotas a consecuencia del velo de bruma se me figuraban ojos espías tras el escudo de un visillo de alcoba, bien ponderado para descubrir al durmiente.

Estando cada vez más cerca de aquel amanecer me frotaba los delgados rayos de sol sobre mi cara toda, que siendo nacientes y templados se antojan puedan surtir un efecto de igual propiedad al del beso que calla, con su tibio chasquido, un llanto: con cierta probabilidad el que pertenece a la soledad.

Ya casi me decidía a dejar de lado mi imaginación entre la mar salpicada hacia el horizonte en plena luz, cuando sin advertir, tomándome del pie con voz descompuesta en gritos me pedía un desconocido salido de la nada en ferviente súplica.

– ¡Ayúdame! –

Envuelto aquél “personaje” en la postura del feto, y con las ropas necesarias para no describir su anatomía de desnudez, aferrado, apretujaba mi tobillo. Ya me hallaba en la arena cuando sucedió todo esto, ya miraba más de cerca.

Se redujo mi respiración en la succión del asombro cuando mis ojos colocados sobre aquella figura distinguieron una palidez camuflajeada en los granos de arena. Primero, sentí el impulso de alejarlo de mí, luego, al no ver su rostro con claridad, quise averiguar si se trataba de un niño o un adulto, más la falta de atrevimiento me encerró todo en su contemplación.

No dudo que, la renuencia y facilidad con que cada cual atiende a la comunicación influyó para querer llevar a cabo tales propósitos de desenmascarar sus facciones.

– ¡ponte de pie! – tartamudeé, indeciso de si en verdad eso deseaba, pues, la estructura de aquél se confundía con las arenas y de manera mucho más grave con mis miedos.

– ¡ayúdame pronto! – en una ráfaga de palabras se dio a entender, y yo de inmediato me percaté que no contaba, en el fuero interno, con lo que me pedía, es decir, con el corazón de dar sin esperar nada a cambio.

– ¡Si esperas! – Repuse – estaré de vuelta en poco tiempo.

Parecía estar cobijado por la arena y anidado en los rayos de sol oblicuos sobre un punto en aquel centro de atención que ocupaba.

Si se me preguntara, hasta este punto, que sensación me embargaba sólo atinaría a confesarme guiado por la prisa de retomar el camino de vuelta a casa. Su mano me amordazaba ferozmente cual grillete templado en la fragua de las grandes penas del alma.

Varios esfuerzos inútiles me hicieron caer en la cuenta que lejos estaba de desatar aquella mano de mi cuerpo. Temía que la voz del miedo tomara partido en esta convulsa situación y que presentase cargos demenciales en contra mía en tan singular apartado de realidad.

– ¡suéltame! – levanté la voz aconsejado por la incomodidad de tal suerte y caí de espaldas sostenido por las palmas de mis manos hundidas finalmente en el arenal.

Debajo de mis pies, un tronco esculpido con arena y sal yacía enterrado. Sus formas desencajadas de su principal volumen al juego de los efectos del entorno se asomaban extraordinariamente humanas y yo, debía ahora, situar muy recónditamente de donde provenía aquella primera exaltación de socorro.

Dulce contacto

18 febrero 2011

El chasquido proveniente de la fogata va y vuelve como el lindo arrullo que se da entre nosotros al dulce contacto de mejillas. Un medio que desde hace algún tiempo tengo para dulcificar el trato con la adversidad y su cometido de hacerme la guerra en condiciones desiguales.

Asómate por la ventana y deséame suerte. La inclemencia de invierno pactó a mis espaldas estremecer nuestra anhelante entrega, lo sé, por la forma tan discreta de calar los sentidos hasta desvanecer la cordura.

¿Sabes? su capricho cual infantil rebeldía nace tan pronto como de nieve cubre las calles y, se prende de los techos con el fin de sentenciar la tarde al anonimato. Obligado estoy a comprender su efecto en mí.

Por eso me atrevo a decir que; algunos, bajo estas circunstancias, al corazón le llaman “guarda” de sentimientos; para mí, es un lugar desprotegido, no es refugio de nadie ni siquiera de quien reserva el primor de la palabra para engalanar la inspiración porque ésta existe sin aquella.

En el pasado el mismo cupido lo volvió depositario de íntimos secretos y ganó fama gracias al poeta y a la poetisa; reflejos de un universo extático al cual debo el indicio de un cielo compuesto de luces y revelaciones que me salvan de la desnudez invernal.

La fronda desaparece, el esplendido paisaje se resguarda con increíble misterio. Ya en la ciudad el blanco tapiza las banquetas y el derredor pero nada puede contra el fomento de tu amor hecho beso.

Júbilo De Invierno

11 enero 2010

El frío se ha volcado intenso sobre las calles. Enguantadas las manos y arropado de pies a cabeza descorrí el cerrojo de la puerta y me eché a andar calle abajo hacia un lugar de la ciudad, donde la reunión de los amigos combate asiduamente aquella parte de la naturaleza con anécdotas. Parece disfrutarse de la época invernal cuando se esta en compañía grata.

A ambos flancos de la calle los cristales de las ventanas, empañadas reciben la luz apagada del día ¡en inverosímil arrebato daría por hecho que por cielo tenemos un extendido papel celofán! Dentro de aquellos márgenes traslúcidos, los cuerpos y rostros se descomponen haciendo imaginar mil personajes de una sola vez.

Las farolas van y vienen con un resplandor que no se apaga. Tiemblo, pero no me importa porque mi esencia arde más que nunca. Un mal recuerdo me puso a un paso de perder toda aquella luminiscencia invernal ¡No hay nada que temer! me obligué a decirme en voz alta, y de nuevo se encendió el jubilo de invierno.

Te Encontré

9 diciembre 2009

A poco de despegar mis pies del suelo, ecos decembrinos disfrazan tiernamente susurros de nostalgia. Sigilosos en su marcha han abierto misteriosos caminos. La trama encumbra todo un paisaje.

El agua nieve cumplió magnifico propósito. En esta, su nueva naturaleza cristalizada empuja resquicios de inhóspitas paredes; una imagen que me aguarda en busca de mis pretensiones de perfilarme hacia el lugar donde vive el espíritu.

Álgidos inviernos, casi siempre tintineantes en la memoria, merecen una alusión a la alegría no tanto por la época sino por cuanto significan para muchos que han entibiado sus soledades con copos de nieve; Llave formidable de un tropel de sensaciones.

El corazón que llevo dentro, recién templado en la sensibilidad del dolor, se asolea palpitante en un cielo añil que divisé en el ayer. Encuentro que comprende un sueño hallado en el umbral de mi conciencia cuando tenia nombre y forma la contemplación de la adorable sencillez.

Ya bambolean contra la caricia fresca del aire sobre mi rostro, con una claridad de ensueño que viene y va, voces infantiles entretejidas con villancicos; timbran melodiosas las gargantas en medio del regocijo de un canto nuevo. Del mismo modo, mi timidez se ha desinhibido, en éste instante ya me escucho cantar.

Mi acompañante es la noble idea de la inocencia que me permite exteriorizar; no más, no menos; Sólo y únicamente la extensión de cuanto no me cabe en el alma.

¿Y usted porque canta? – paseándose detrás de mi sombra me ha preguntado la duda, con el más absoluto desapego de la intromisión o la vergüenza. Entonces, de pronto, siento como si fuera puesto a descubierto, desarmado y listo para acelerar mis pasos lejos del lugar, sin embargo una fuerza me tiene sujeto a aquel entorno.

– yo siempre he cantado… – apenas puedo balbucir entre apretujadas experiencias en el pecho aglomeradas para impedir mis expresiones.

Mientras viajo por el trayecto de esta contrariedad, cuento las silabas de una estrofa, una tras otra. Un sentimiento casi perdido se ha encargado de hacerlas recordar: por medio de ellas se filtra la mañana aquella, diríase un crisol en donde la incertidumbre se transformó en filigrana áurea de la certeza.

¿Por qué no canta mucho más fuerte? – cuestiona aquella osadía con tenue delicadeza como enterada del inexorable mar de desencuentros que disminuyen mi voz.

– he perdido a un amigo – confeso, por fin caigo bajo el peso de lo que parece mi destino, un gimoteo desencadenante de una lluvia de tristezas me espera.

A través de este prisma de emociones; Incipientes lucecillas se transfiguran en mi interior al tiempo que braceo a puerto seguro, pero me arguyen colocándome a la deriva. Lugar en que la razón deambula.

El milagro ha materializado los ecos en coros andantes. Son los caminantes afectados por el arte de sus instrumentos musicales. Marchan a lo largo de las calles en universo de gesticulaciones y ademanes de gozo. La gente los recibe, la gente los aplaude. Son el símbolo de la navidad.

Este ambiente me ha convertido en un niño, el alborozo ha descompuesto mi andar. Brinco con igualdad de condiciones que la candidez lo hace en el alma de los pequeños. He encontrado a mi amigo una vez más en la frontera que separa mis contradicciones y la paz que no és de este mundo.

La Urbe

31 octubre 2009

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Me alejé por un momento de la ciudad, y a mi regreso, centelleante por una bruma rechazando los rayos matutinos del sol, ésta me parecía otra. Un rasgo hay en mi, según me doy cuenta por la dimensión que adquieren los pueblos y ciudades mientras les atribuyo la observación; En ellas vive el arraigo de mis pensamientos.

Me gusta salir de la urbe, despedirme pero abrazarla de nuevo con la idea de descubrirla con la fuerza de la emoción, del asombro envolvente que doy a cada paso hasta completar mi destino en sus grandes asimetrías; cruce de calles y sentimientos.

Una Precaución Desafortunada

11 julio 2009

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La loza se desencajaba tras las zancadas de los paseantes en su intento por esquivar el castañeteo producido por esta que, en su sonora repetición inducía a desentenderse de la razón aficionada a disfrutar del pensamiento encauzado por la evidencia.

El por qué de verse libre de tal evento auditivo aun mina lo que tengo por encanto temprano y ágil de la memoria itinerante. El motivo ante el cual surge la alegría, el recelo, y si se quiere el lenguaje propio del alma.

Por ello, casi nunca me doy a la tarea de proponer esquivos pasatiempos como es; el trasponer tu silencio cuando grita en lo que dispone el diario vivir. Yo mismo romperé el ritmo de esta melodía que a medias se diluye en la precaución de los transeúntes.

Mírame, la niñez me ha asediado, en cada salto hecho sobre la débil loseta. Atemporal solaz me une a ti, cuando ambos sujetos a la inocencia, compartíamos un gesto misericordioso del tiempo depositado en la imperfección de la cantera.