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Pasmosa claridad

9 agosto 2013

tea cups

Hay objetos que vistos con devoto cuidado resurgen, de la nada, como cosas nuevas igualando los vivos y delicados trazos que pintan la noción con los colores familiares de una verdadera escena. Así le pareció a él apenas la puerta abierta le descubrió las tazas puestas sobre la mesa. Al principio el todo aquél guardaba una extraña calma.

Y, justamente cuando se había convencido de que no debía ser de otra manera, en seguida, tal y como cuando se levanta el telón teatral, se veía asimismo, compartiendo el té con la abuela, además de escucharse decir lo mucho que había aprendido en su viaje por Europa, y cuan deslumbrante, en su momento, fue admirar los inmensos rascacielos, disfrutando el delirio de imaginarlos como gigantescos colmenares.

Ella, le escuchaba pacientemente pero lejos, muy lejos de ese mundo imaginario para el cual él vivía. Y he ahí que, metido en esa máquina del tiempo, se daba cabal cuenta que cuando ella se ponía así, su amable expresión tomaba los rasgos de un designio bendito.

Seguía preguntándose, frente a esa extremosa transformación de percepciones, cómo era posible que, estando ahora separado de ella por los lazos de vida, por la disolución del ser, la contemplará con la pasmosa claridad de la melancolía. No le asustaba la reveladora conciencia tanto como el hecho de no haber hecho caso al lenguaje callado pero significativo de ella.

Tuvo ganas de rendirse al llanto y sentirse niño una vez más por una falta que creyó haber cometido al tiempo que continuaba escuchando los gustosos sorbos y, ya decidido a mostrarse débil ante ese lastimoso sentimiento que le apretaba el pecho, ocurrió que el desplazamiento de la taza hacia a la mesa dejaba al descubierto la magnífica sonrisa de ella ofreciéndole la paz con su gran corazón de madre.

Extraña compañía

14 febrero 2012

Con lentitud llevaba de la hondura del plato a la boca la sopa caliente, su humeante aspecto la vuelve más deliciosa. Mi apetito podía más que mis modales olvidados en el borde de aquel recipiente rodeado de fideos. Debo decir para el bien de que se comprenda mi consideración a este relato que, venía de querer disfrutar una comida así.

Toda la mañana, entre frías gotas de lluvia sobre la espalda, había tenido que trabajar mientras postergaba la hora de la comida. Más vale duplicar la ganancia cuando se ofrece por sí sola sin suplicarla. En fin que, el trabajo tiene sus propias circunstancias.

Percibí, mientras me daba el gusto de aquel alimento, aproximarse, delatado por quietos pasos al gato que es de todos y no es de nadie. Podría pensarse que miento cuando refiero sus pasos audibles, pero en esta rectangular estancia cuando los ruidos se han apagado llegada la tarde, lo inobservable allana los silencios y hasta el menor ruido se materializa.

Sus gatunos paseos por los tintineantes tejados, sueltos algunos más que otros, nos han acostumbrado a tenerlo por compañía a quien parece tocarle en turno. Esta vez, su visita se hacia inminente. Y así ocurrió. En un mudo movimiento se hizo de la entrada, la puerta se entreabrió y, su cabeza, agachada y puesta en tan indispensable margen, de lado rozó el piso con el cálculo preciso que resulta nervioso para el observador, desde luego, para poner a prueba mi hospitalidad.

Después su entera aparición sucedió de golpe lo cual me hizo recordar al histrión saltando al escenario para hallarse con su público. Ya no tuve oportunidad de conservar aquella primera escena por más tiempo. Se me antojaba quieta y felina, igual como la he visto actuar en su alucinante mundo.

Algo del carácter humano se había apoderado de aquel temperamento, había aprendido, según se me muestra en el sigiloso detalle de aquella intromisión, a anticiparse al loco impulso de la emoción humana que no se hace esperar, y que si se le consiente es capaz de entregarse a arrebatos desprovistos de razón. Años atrás, la criatura se movía y actuaba con aires de aprendiz, pero vueltos a este último momento parecía todo un interprete de la conducta nuestra.

No contaba con ningún nombre en particular; unos le llamaban “el pardo” otros como yo, “el vagabundo”. Entre sutiles acercamientos alcanzó a una de las patas de la mesa. De reojo no podía ocuparme de otra cosa que no fuese su presencia reservada.

– ¡amigo! es mejor que te marches… – pronuncié, todavía con un bocadillo de por medio, celoso de mi tranquilidad. Preguntándome si acaso un instinto de territorialidad no tenía que ver con aquella molestia mía. Y me volví decidido hacía donde le había dejado por última vez mi precaución natural; eso que algunos conocedores de la psicología llaman límite sobreentendido.

En efecto, allí se encontraba, sin aparente reacción a mis palabras, quieto, y echado con amplitud, eso sí, fijos sus ojos en mí tras haber rechazado una cucharada de mi provisión. Contrario a otros encuentros, esta vez, guardaba su distancia de igual modo que, como ahora pienso, cuando uno teme confiarse de más al recuerdo que nos vuelve a regalar una bienvenida o un signo de amistad con la terrible estratagema, en un acto final, de mostrarnos un vacío heladamente profundo.

– y bien ¿Qué te propones? – pregunté sin darme cuenta que esto de hablar con los animales es un síntoma del alma que se encuentra sola y en reflexivo trance.

– ¿Qué recuerdo encarnas amigo? – Tal pregunta se me escapó, y no tuve más remedio, dentro de las posibilidades claras del extraño momento, que pensar si muy a mi pesar en realidad buscaba obtener una respuesta.

– ¡claro que no! – exclamé, y mirándole culpable de mis desvaríos estuve a punto de impedirle continuar en el curso de mis afectaciones rutilando extraordinariamente a flor de piel, pero, escondiendo mi cabeza entre mis brazos doblados, ya tarde para tal propósito, rompí en sordo llanto corroborando la verdad de que, entre amigos, algunas veces es mejor esconder las lágrimas.