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Reflejos

14 julio 2010

En aquella hora matutina, desde el traslúcido cielo un tímido sol traspuso placentero el cristal de la ventana para luego en haces de luz ceñir ávidamente a su paso libros decantados: adormilados por la vaga continuidad del tiempo. Cada sombra, ya sea física, ya sea del tedio cotidiano, escapaba ante su imbatible presencia.

Y he ahí, La innata discreción de Lucia, mi querida abuela, quedando una vez más al descubierto; tan cerca del perfil materno se le ve rozando con sutileza extrema y llena de ternura el paño moderadamente humedecido contra el histrión de trapo y madera.

¡Que insólito avistamiento! a fin de compartir mi experiencia emotiva digo que; esta me dominó con el mismo asombro causado por las aves cuando se las ve por primera vez volar ingrávidas y perdidizas en el difuminado lienzo del horizonte.

Entre sus manos, enclenques, una marioneta de débil naturaleza, yace desmayada; sus extremidades parecen muertas. Muestra escasos rastros de celebérrima teatralidad; un grácil rostro embadurnado de polvo junto con un atuendo ágil al viento e imaginación diríase una oscilante vela mecida por el vaivén de la expectación.

 Sin forzar la vivida anécdota, falleciente remeda las contorsiones pertenecientes al cuerpo y carácter humanos con cada turno que queda por desempolvar de su anatomía, seguro, como parte de un acto reflejo al llamado de la excitante obra que quedo hace mucho tiempo atrás.

Sus recios hilos han sido cortados por un contratiempo que siempre amenazó las luminarias de sus presentaciones o quizás por alguien que atentó contra ellos.

Desde entonces su alma deambula paralela a ruidos caseros despertando la quietud del mágico recuerdo. Con todo no queda más que un remoto lenguaje cuya interpretación se intuye con la fortitud del infantil abandono.

 Concédame el lector solventar una mención análoga y necesaria de esta consideración, ocurrida en el agónico trance de una alegría perdida en el curso de mi vida; figuraba como una delicada articulación de madera a modo de brazos y piernas, en tanto que un par de ovillos de felpa aterciopelados tenía por manos; igual podría alabar su rostro aunque, por el contrario, herido confieso; me consterna su ajeno y macilento cariz.

– colócalo entre los libros… – me pide la abuela cortando los vocablos con el ajuste perfecto de la significación.

– ¿cuando renunciaras a ser un observador? hay cosas que debieras ya entender a tu edad – me reprime a quemarropa.

Entonces me digo – con que facilidad se puede suprimir el natural cauce de la contemplación – Y como quien marcha con la promesa en los ojos, me despido con un involuntario guiño, no sin antes sospechar que, dentro de ese festivo mundo de títeres e historietas debe reinar el misterio de tan celosa custodia.

Jamás, vulnerable al resquemor de su frialdad, me dejaría llevar por el influjo que pudieran inyectar sus palabras a nuestro encuentro; Ella es la referencia a una felicidad extraviada en la primera infancia…sí…es mi abuela.

Envuelto en este singular acontecimiento llegó la temporada de lluvia. Encantado sublimé su estancia, abrazado a ella me arriesgue a coquetear con la poesía. Un fenómeno natural que dispensa un reservado lenguaje cual calidoscopio en cientos de reflejos admirables.

Sólo basta prestar oídos, y alzar la vista para descubrir un mundo perdido. Algunas veces doy sin quererlo así con el gozo inenarrable de chapotear y perfilar los barcos de papel conmigo a bordo. El viento del recuerdo es toda mi previsión para hacerme a la mar y quedar maravillado por la estela de su recorrido.

Doy a continuación cuenta de una de esas conversaciones con la lluvia; a ciegas, arrebujado bajo las sabanas, la llovizna con ritmo trepidante suele golpetear los muros al tiempo que los aleros prestan bien el efecto del eco a esos lejanos aplausos, con mis gracias de niño soy capaz de enfrascar toda la felicidad en unos cuantos segundos.

De la mano de esa evocación, dejo que aquel amigo, corra libre de un lado a otro con sus diminutos pies en ese escenario que únicamente le pertenece a él, en contraste con la orfandad que hoy le mantiene inmóvil en aquel pliego de madera, refiriendo con silencio un desenlace aterradoramente trágico; el lacerante olvido.

Me empuja la idea de levantarme a medianoche aliado al crepúsculo, cruzar descalzo la sala, sortear la sonoridad de los grandes espacios, y de una vez por todas, sanar mis remordimientos tomándolo y restaurándolo, pero, puede que lejos me halle de depositar en él su jubiloso espíritu.

Dos días hace que, la abuela Informó solemnemente, sentada a la mesa con una humeante taza de te describiendo fantasmagóricas volutas de vapor, sobre despojarse de algunos pequeños bienes de valor sentimental con la mirada completamente vacía, e inmediatamente he sentido un vuelco en el corazón…

Su apagado tono de voz me conduce a pensar que está por deshacerse de ese personaje que, creció con nosotros, y perdió su independencia cuando, del otro lado de la borrosa ingenuidad, la inteligencia, nos explicó: de sus andares, su voz, y su fragilidad.

– ¡Es tiempo de actuar¡ – pienso, arrebatado por la incredulidad, resistiendo al impulso de ponerme en pie y abalanzarme con la fuerza del vértigo a un rescate insospechado para el buen juicio. Se puede arriesgar la probidad por un ser humano pero por un….

A ella le debe asistir una especie de discernimiento sobrenatural sobre los pensamientos que le son antagónicos. ¿Porque de tal conjetura? pues, se ha anticipado a mis escrúpulos dejando ver una azarosa pretensión.

– Un proceder contrario a mi voluntad rendiría mi salud…hasta el lecho de muerte – como flecha asestada en el blanco, me ha alcanzado con cada una de sus palabras y la suerte de su efecto me ha dejado sin aliento; sin la más mínima oportunidad.

Nunca he sido amigo de la superstición, no obstante, el dilema presentado cobra un claro matiz timorato del cual me voy alejando paso a paso de él hasta alcanzar los setos aflorados en los márgenes del pórtico.

Lidia, mi hermana menor, con adorables 12 años parece compartir mi angustia. Sentada, ladea su cabeza sobre mi hombro, gime un poco, y después ahogando un sollozo me interroga; ¿regalara a “fred”?

Agradezco que, haya aventajado con su colosal libertad a mi cobardía de preguntar sobre el posible paradero del desfallecido “fred” y que, aun se haya atrevido a pronunciar su nombre.

La miro y siento tanta pena por ella como por mí. Es pequeña pero su pequeñez es más grande que el molde de fe acoplado a mis más grandes proyectos. Mi confianza se ha hecho añicos tras mis ojos empañados.

Tengo mi propia versión de lo que da vida a una corazonada y esa es que cuando más de uno coincide en un mismo pensamiento, la hora y el lugar de la persona o cosa en cuestión están fijados.

A partir de aquella advertencia; preví vigilar el entorno. Disimulé mis movimientos por toda la casa. Debía dar la cara por Lidia. Debía probarme que soy capaz de escuchar la voz trascendental de su corazón.

Con esa premisa me hice de un pequeño repertorio de preguntas prácticas para justificar el merodeo por las repisas y envoltorios nuevos en busca de evitar la inminente desaparición de “fred”, de…su rapto.

Cualquier reojo de Lucia aparentaba el principio del fin para lo cual ofrecía mi artificial y pronta ayuda con el propósito de romper aquel designio. Tantos actos de bondad de mi parte debieron de suponer un signo delator del rescate pretendido.

Ella debió comprender la trama de tan obsesivo desenlace pues no tardó en seleccionar objetos. Diariamente al echar un vistazo sobre sus visibles pertenencias el panorama Lucia progresivamente desierto.

Tras una semana. El agobio adiestró en mí una extraña manía de ver y estudiar lo fútil; sabido es que, cuando aparece la confusión, las mismas cosas que prodigaron armonía se tornan a favor de la alucinación.

De noche, he tenido ganas de orar, una jaculatoria esta en mi boca, pero al cruzarse “fred” por mi cabeza, me siento culpable y preso de la locura. Los seres humanos necesitan el milagro, los objetos el cuidado.

Me he despertado sobresaltado en las madrugadas; ya suman varios los días en que un sueño recurrente se ha agazapado en el umbral que encamina a esa otra dimensión. No importa a donde mire, el guión siempre es el mismo.

Y esta historia se escribe y sobrescribe; aliñado de soldado presumo mi envestidura, el metálico yelmo brilla y esconde mi rostro más no mis intenciones. En lugar de esgrimir la espada, llevo conmigo un carrete desenvuelto de hilos que sangran mis manos.

Lanzo una puesta en guardia, sin embargo, de entre las paginas de los libros asoman, náufragos sin nombre, desesperanzados prisioneros de guerra, y condenados a muerte. Los codales y la gola puestos sincronizan fielmente dos palpitaciones amigas.

Todos a una, proclaman – ¡hay cosas que debieras ya entender a tu edad¡ – mientras mi abuela postrada en un ataúd dice – te lo advertí – entonces grito…y pronto guiado por la intensidad de tal proyección, salto en vilo a la experiencia táctil del santiguamiento que me da seguridad. Son las 6 de la mañana en punto, sentado en mi cama me pregunto de qué forma me he liado a esta pesadilla.

– Basta – me digo en voz alta, intentando conjurar la ponderosa manifestación onírica al tiempo que inspecciono la palma de mis manos.

Ya en el comedor, respiro mejor la realidad de la vegetación que vive lozana tras el ventanal, la luz prófuga del exterior vuelve a calmar la ansiedad dejada por los fallidos colores del heroísmo pintado de ensueño. Escondido su rostro detrás de un libro, Lidia, logra desviar sus ojos de las páginas hacia mí.

– has dejado de leer – me reprocha.

Lleva una vida trayendo libros a casa. A su corta edad ha depositado su fe en el hecho de que tarde o temprano el hábito de la lectura le traerá frutos en la realización de una novela, y yo creo, en ese principio, desde luego que su genio tiene un esplendor mayor.

¡El rudimento obligado! le llama ella con encendida pasión a la herramienta lingüística. Tiene un gusto por el buen hablar, y las palabras le fluyen incansables. Me gusta escucharla como se expresa, lo sabe bien, y se complace en compartir conmigo.

– Has desmejorado físicamente en estos últimos días – señala con gravedad.

Mi mente duerme y no tengo fuerzas. Únicamente acierto a responderle.
– ¡No es nada! –

Entonces, me llama con amor fraterno.

– Hermano, luces como quien ha perdido algo –
Quiero contarle, pero ni yo mismo comprendo lo que esta pasando en mi interior.

– ¡Francisco! – me llama gritando la abuela del otro lado de su recamara. En un abrir y cerrar de ojos, estoy frente a ella. A mis pies tres cajas de cartón me esperan con nudos trabajosamente apretados.

Los estantes se encuentran libres de objetos. La ventana abierta de par en par trae la fragancia de las rosaledas y en su vuelo la fantasía de impregnarme de un rocío aromático de lucidez.

Lucia ríe las palabras, pero no me atrevo a preguntarle porqué. Su aspecto angelical me desnuda el alma. Aquejado vivo, pero sobrevivo llevado de su mano. Los cristales rodantes de mis lágrimas alumbran un espejismo ensombrecido.

– He vaciado de esas cajas todo cuanto estorbaba al buen vivir – alegre me da la noticia.

Me inclino para tomar los envoltorios, resignado a respetar la idea que tiene sobre estos. Me cuesta respirar. Las sombras se descomponen poco a poco si inspiro profundamente el aire disponible.

– No te levantes -me dice cariñosamente.

entonces me doy cuenta que el sol sigue brillando y que quien se inclina hacia mi es ella. – La fiebre pronto pasara – me conforta.

Me muestra entre sus manos las mías. Lidia descansa su cabeza sobre mi pecho lloriqueando, además creyendo que la dosis remediadora de mis males atañe a la supremacía del lenguaje, agrega – has dejado de leer – en un tono balsámico que nunca la abandona. La frescura del pañuelo sobre mi frente igual refresca mi realidad. El reloj se ha detenido justo en punto de las 6.

Tú, en mis pupilas

12 marzo 2010

Corrí las cortinas y La arboleda se había pintado artísticamente de colores, y bajo los rayos solares, tu apariencia vi nacer; este acto me dio aires de alguien que inaugura una nueva obra. Todo sonido recalcitrante se ha apagado en mí.

Lustrosas hojas bañadas de sol se agitan soñando a ser mariposas en el albergue donde vive alegre mi imaginación, o quizás la chispa que me da vida.

Abrázame en el umbral de esta manifestación mientras la certidumbre lata aun en mi corazón. Si atisbas una lágrima, perdóname. El llanto siempre esta pronto a las puertas de mis emociones. No pocas veces sonrío aun cuando un trágico momento aprisiona mis fuerzas.

Cúbreme de besos que, con ellos vuelvo a ser niño; palpa mis mejillas que todavía conservo la calma para dejarme amar. Si mi respiración se profundiza es porque al tenerte cerca de mi timidez mis pupilas desesperan al descubrirte tú en ellas.

Manto Del Olvido

21 marzo 2009

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Desde lejos, las lonas de aquellos limitados espacios destinados a la venta de flores cuadriculaban el pequeño mercado con sus colores vivos, algunos, otros de persistente adivinanza respecto a su color original. Y quizás, debo sospechar, que a falta de aquel instrumento delineador de propiedad. El seto momentáneo de floreros y tiestos más uno que otro artificio, hacían las veces de elegancia fragante.

Conforme el corte de la distancia rumbo a aquel paradero obraba ensueños al percibir perfumes naturales, calle abajo, las lonas de espaldas al cielo escondían gradualmente mi emoción botánica.

Entre el cielo y la tierra, así solamente podría satisfacer a quien, se apresurase a tener por compartida aquella experiencia pueblerina. La búsqueda reflexiva y estudiada del calificativo aplicable a mi inusitada observancia floral me dejaría sin aliento, símil de quien se lanza por la respiración fuera del agua, a cambio de evitar riesgos innecesarios; ahogo de palabras vacantes de otros avistamientos.

La mujer tras los claveles intenta descubrir mi entendimiento con la longevidad proporcionada por la admiración que de ellas hago al posar mi entusiasmo; desabrigados, como siempre me han parecido; flores cortadas ambiguamente por la naturaleza; pues por un lado a mis desatinos imaginativos, parecen escapar, por el otro pliegues predilectos de una dama cautivadora; vestido hermoso.

Azucenas blancas, inmensas campanas redoblando en majestad apreciativa; mi acercamiento pone en máxima alerta a la florista, he ingerido más de un paso haciendo del entorno, manto del olvido y mis manos se han desatado del mal recuerdo. Bien sé, que la atmósfera creada en mi mente, es tan sólo el efecto del mayor acto de generosidad de lo que está entre el cielo y la tierra.

Jardín Delirante

19 enero 2009

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La media luz del cerrar de la tarde junto con la sinfonía de amontonados pájaros sobre la copa de un árbol, encubría potencialmente un rito, como el ayer lo hace con el tropel de recuerdos acurrucados en el latir de un corazón.

El hombre, sumido en un delirio, agitaba con capricho infantil ambas manos, en franca confusión ante lo que parecía una nube de polvo; el manto de la noche. Sentado desde las primeras horas en que el color pastel usurpa abrillantados jardines, con débiles flancos de flores hasta el instante mismo de lo que, en justicia, parecía pertenecerle.

Corridos los años, decidía volver, de cuando en cuando a mecerse en el encanto de una belleza que había hecho suya, y con la cual el celo de la alegría florecía. Aterciopelada voz, con el tono, que cualquier tinta cede a transformase en letra viva, y cuya comunicación segura da luz a las descorridas mantas de una tarde ominosa en apagar los sentidos.

¿Cuanto abastecimiento de alegría procura? Acaso el velo nocturno, guarda el secreto de una concesión arrancada, de quien riega un jardín delirante. Ahora sus ojos resplandecen, el rostro de aquella voz, hilo vivo de ternura, sonríe mientras el se abraza a ella. Quien ya sueña es la noche, porque ahora ella es real.