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Extraña compañía

14 febrero 2012

Con lentitud llevaba de la hondura del plato a la boca la sopa caliente, su humeante aspecto la vuelve más deliciosa. Mi apetito podía más que mis modales olvidados en el borde de aquel recipiente rodeado de fideos. Debo decir para el bien de que se comprenda mi consideración a este relato que, venía de querer disfrutar una comida así.

Toda la mañana, entre frías gotas de lluvia sobre la espalda, había tenido que trabajar mientras postergaba la hora de la comida. Más vale duplicar la ganancia cuando se ofrece por sí sola sin suplicarla. En fin que, el trabajo tiene sus propias circunstancias.

Percibí, mientras me daba el gusto de aquel alimento, aproximarse, delatado por quietos pasos al gato que es de todos y no es de nadie. Podría pensarse que miento cuando refiero sus pasos audibles, pero en esta rectangular estancia cuando los ruidos se han apagado llegada la tarde, lo inobservable allana los silencios y hasta el menor ruido se materializa.

Sus gatunos paseos por los tintineantes tejados, sueltos algunos más que otros, nos han acostumbrado a tenerlo por compañía a quien parece tocarle en turno. Esta vez, su visita se hacia inminente. Y así ocurrió. En un mudo movimiento se hizo de la entrada, la puerta se entreabrió y, su cabeza, agachada y puesta en tan indispensable margen, de lado rozó el piso con el cálculo preciso que resulta nervioso para el observador, desde luego, para poner a prueba mi hospitalidad.

Después su entera aparición sucedió de golpe lo cual me hizo recordar al histrión saltando al escenario para hallarse con su público. Ya no tuve oportunidad de conservar aquella primera escena por más tiempo. Se me antojaba quieta y felina, igual como la he visto actuar en su alucinante mundo.

Algo del carácter humano se había apoderado de aquel temperamento, había aprendido, según se me muestra en el sigiloso detalle de aquella intromisión, a anticiparse al loco impulso de la emoción humana que no se hace esperar, y que si se le consiente es capaz de entregarse a arrebatos desprovistos de razón. Años atrás, la criatura se movía y actuaba con aires de aprendiz, pero vueltos a este último momento parecía todo un interprete de la conducta nuestra.

No contaba con ningún nombre en particular; unos le llamaban “el pardo” otros como yo, “el vagabundo”. Entre sutiles acercamientos alcanzó a una de las patas de la mesa. De reojo no podía ocuparme de otra cosa que no fuese su presencia reservada.

– ¡amigo! es mejor que te marches… – pronuncié, todavía con un bocadillo de por medio, celoso de mi tranquilidad. Preguntándome si acaso un instinto de territorialidad no tenía que ver con aquella molestia mía. Y me volví decidido hacía donde le había dejado por última vez mi precaución natural; eso que algunos conocedores de la psicología llaman límite sobreentendido.

En efecto, allí se encontraba, sin aparente reacción a mis palabras, quieto, y echado con amplitud, eso sí, fijos sus ojos en mí tras haber rechazado una cucharada de mi provisión. Contrario a otros encuentros, esta vez, guardaba su distancia de igual modo que, como ahora pienso, cuando uno teme confiarse de más al recuerdo que nos vuelve a regalar una bienvenida o un signo de amistad con la terrible estratagema, en un acto final, de mostrarnos un vacío heladamente profundo.

– y bien ¿Qué te propones? – pregunté sin darme cuenta que esto de hablar con los animales es un síntoma del alma que se encuentra sola y en reflexivo trance.

– ¿Qué recuerdo encarnas amigo? – Tal pregunta se me escapó, y no tuve más remedio, dentro de las posibilidades claras del extraño momento, que pensar si muy a mi pesar en realidad buscaba obtener una respuesta.

– ¡claro que no! – exclamé, y mirándole culpable de mis desvaríos estuve a punto de impedirle continuar en el curso de mis afectaciones rutilando extraordinariamente a flor de piel, pero, escondiendo mi cabeza entre mis brazos doblados, ya tarde para tal propósito, rompí en sordo llanto corroborando la verdad de que, entre amigos, algunas veces es mejor esconder las lágrimas.

Dos extraños

18 julio 2010

Aunque la luna ya resplandecía celosa, no interpuse excusas cuando, Diana, entusiasta, decidió alargar parte de la historia que hacia tanto tiempo quería contarme. Los detalles truncados prometían revelarse inexorablemente bajo aquella aura. También yo, había esperado que ese momento ocurriera.

Por supuesto que, la preferencia por un momento menos comprometido por el hábito del descanso se antojaba cordialmente mucho mejor sin embargo la hora no amenguó mi disposición y me arrellané en el sillón a esperar mi turno para contribuir, en caso de ser necesario, con la conocida formula de la perplejidad que da continuidad al narrador; sea esta falsa o auténtica.

– viajaba sola – emprendió sin más la anécdota cómodamente sentada en un sillón de apariencia vetusta.
– y después de dos horas de encontrarme a bordo del tren de pasajeros – subrayó – reparé en la compañía de al lado; Un gato extrañamente de orejas muy cortas.

– no soy amiga de los animales, y sin embargo ese felino actuaba como si me conociera, se restregaba sobre mis pies, tú bien sabes, que eso significa más que un signo de confianza.

– desde luego – repuse, con la sola intención de alimentar la pausa.

– sus ojos encendidos por la penumbra parecían ir y venir con el traqueteo del vagón, y ese vinculo primero, del que ya te hablé, también divagaba entre continuar cediendo o desaparecer definitivamente.

– supongo que habrá sido más fuerte lo segundo – siguiendo sus emociones deduje en voz alta.

– ¡Qué va!– suspiró…como si en ese justo momento se materializara el animal, se creerá que he desproporcionado esta descripción, pero de hecho me parecía que le buscaba sobre sus pies, después, se ha dado cuenta que su emoción se ha exteriorizado para entretenimiento mió.

Dice – De un salto salvó el espacio dado entre dos asientos opuestos, yo, no podía, como creerás conveniente, permitir que esa astucia suavizara mi carácter y terminara hecha caricias con un extraño.

– ¿un extraño? – tirando unas gotas de café entre las comisuras solté una carcajada, un segundo después, creía haber arruinado el delicioso curso de un relato.

– Ese es el punto – rió de igual modo sujeta de los brazos del sillón con ambas manos como criatura calculando las alturas.

– El gato me ha tomado con las mismas precauciones, lo he sabido inmediatamente después de que se ha instalado sobre el asiento contrario – se dice para sí absorta y la escucho – continua – Lo que sucede es que su temperamento lleva otro ritmo de irse dando al trato, lo que quiero decir es que, un acercamiento para él debe de ser lo que una mirada para nosotros. Y un raudo distanciamiento, supongo, debe de ser el albedrío; la línea trazada que bien divide al odio del amor.

Debo admitir que a estas alturas de la conversación aquella percepción era una donación a su parco uso del lenguaje. Una luz bien definida en el claroscuro de la noción.

– ¿Tuviste miedo en algún momento? – pregunté al cabo de un profundo silencio roto a fuerza de sorbos de café.

– ¿miedo? – repitió divertida hasta casi convertir sus gestos en una batuta frenética de direcciones musicales como cuando el director conduce a una elocuente orquesta. Me pregunté atento, si los ronroneos eran parte de mi imaginación o si de un momento a otro presenciaría lo que venia sospechando.

El Valor

25 agosto 2008

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Atrapó mi atención el cómo preparaba su valor mucho más que su cuerpo para cruzar aquel par de muros; cuando todo indicaba que el momento de saltar había llegado.

Contraía, en una especie de meditación, sus patas anteriores; imitando una calistenia que había atestiguado en mi infancia, en los deportistas de alto rendimiento; mi paciencia se dejaba manipular por aquellas instancias felinas previas a un desenlace ya visto en mi imaginación.

Mis piernas, contagiadas por repentino avistamiento, respondían de igual forma, medía no se que distancia en mi imaginación. Sentía, con extrañeza a mi conocimiento, un encuentro cercano.

Al cabo, cuando, el brío tomó forma, él saltó; yo en mi imaginación lo sostenía, pues su valor me parecía vencido por la gravedad. Aquel instante, me había ayudado a calcular mis fuerzas; debía moverlas con el catalizador adecuado; El valor.