Archive for the ‘infancia’ category

El último engaño

10 mayo 2014

children playing

La gente se limpiaba el sudor de sus frentes en la plaza central, el sol tumbado sobre las losetas quemaba y poco faltaba para que derritiera el calzado de los paseantes. Las aceras que evaporaban la lluvia del día anterior parecían flanquear el lugar público con dos largas cortinas impenetrables.

Pero yo tenía frío, y no soportaba estar de pie. El infortunio ocurrió como tantas veces ya se ha dicho cuando llega la inoportuna sensación de muerte y trastorna todo, hasta la forma en que creemos ponernos a salvo. Apretaba mi cuerpo contra algunas bolsas de basura para contrarrestar la pérdida de equilibrio.

Más lejos, los niños se jaloneaban entretenidos en sus juegos, y allí de entre ellos saltó mi rostro infantil sollozando, ¡qué extraña sensación verse asimismo de nuevo desde el principio hasta el final! Mi cuerpo se convulsionaba y el aire fresco me faltaba, escuché a alguien decirme al oído ¿hay algo que podamos hacer por usted?

Sumido entre los sueños traídos por la última agonía, confundí ese rostro cercano de quien me hablaba con el de mi madre que, en otro tiempo al lado de mi cama, decía “pronto te pondrás bien, duerme por ahora”, ¡que dulce consuelo me pareció esa imperfección de la realidad que piadosamente me ofrecía su más refinado engaño!

Sentí que las fuerzas me abandonaban y que ya no era un amigo más de la existencia, que mis anhelos partían, como aves asustadizas, de mis manos para posarse en las de aquellos que apenas vienen en camino de ser exigidos por este mundo. Todo se fue cerrando y desapareciendo poco a poco, como cuando el aire azota varias veces la misma puerta y la luz trata de meterse por última vez.

Alucinante lluvia

4 marzo 2013

rain

Desperté, tras unas heladas rejas. Mi corazón de estar en paz se agolpó lleno de ansias poniéndome de pie pues la incertidumbre toda se apoderó de mí y, mi alma se eclipsó por este intempestivo trance. La mortecina luz; huésped sombrío, sin origen aparente, oprimía mi obligada vigilia.

Escuchaba decir frases sueltas, pero algo me impedía observar quien las pronunciaba, además se diluían conforme esta nueva experiencia me esclavizaba con su terror. Lo que tengo por cierto es que esas palabras contaban mi historia terrenal de un modo terminal.

Dentro del cautiverio, los barrotes se dejaban ver cortados y peligrosamente filosos. Miré en derredor y me encontré repleto de osamentas cascabeleando ruidosamente bajo el movimiento de mis pies siendo estas verdaderas advertencias de un desenlace terrible.

Más allá de este encierro a través de los metales, resplandecía muy apenas un tímido fulgor de algo que no se dejaba ver del todo. Comencé a sentir un frio polar y fue entonces cuando una ligera lluvia comenzó a caer fuera de mí celda, no siseaba ni se escuchaba alegre como alguna vez en la infancia de mi memoria.

Este acontecimiento lejos estaba de inspirarme belleza alguna no obstante pesaba tanto como el vestido de duelo en mi débil espíritu. Mi expectativa de su pronta y fecunda dispersión se convertía en un espejismo antes de precipitarse y bañar el suelo que por otra parte dibujaba grotescas siluetas con agrietadas y sedientas bocas en su superficie.

La delicada y ligera llovizna es capaz de registrar ensoñadoras sutilezas de la realidad a lo largo de nuestras vidas y hacerlas reaparecer cuando vuelve a ocurrir espontáneamente, incluso las hace románticamente embriagantes, pero ésta me arrastraba con pesadas y ruidosas cadenas hacia insoportables recuerdos de amargura. ¡Oh, miserable de mí!

Una desproporcionada y vacilante sombra que tuve por rastro visible de un celador, en una primera impresión, irrumpió poco después al verme en este estado desolador en que me consumía y, clavó su cabeza en las rendijas casi quedando la mitad de esta dentro, me corrí instintivamente hacia atrás.

Fue entonces cuando su camuflada figura se transformó en salvaje fiera cuando le tuve tan cerca, unos espantosos gruñidos le descubrieron un horripilante hocico, su vaho bloqueaba aquella vista de luz situada en la esperanza. Mi primera imaginación me había engañado con su indefinida forma recortada por este insufrible mundo de caducas percepciones.

Su odio contra mí se derramaba. Atestiguo que, no cabía éste en los más rencorosos corazones humanos, pero no parecía desperdiciarse sino por el contrario renovarse cual brea de fuego que no se extingue y, su mirada tan amenazante, hundida en las cuencas de sus ojos, me infundía pánico tras pánico.

Entre sus espeluznantes manos empuñadas sobresalían sus garras y mientras más fuerza ejercía sobre ellas mi esperanza se secaba con las falsas gotas de lluvia. Entonces, comprendí muy claramente cómo mis enemigos no teniendo carne se habían burlado de mí al haberse aliado con los mortales haciéndolos viles esclavos; cómplices e imitadores voluntariosos de ese cruel odio.

– ¡Atrás! – protesté desencajado el rostro y lleno de revelación.

El estallido de sus risotadas hicieron resonar los metales y la flaqueza de mis fuerzas surgió cuando me vi sin ningún medio de defensa frente a este espiritual tirano. Las gotas de lluvia de súbito quedaron sin movimiento en el aire, mi respirar se entrecortó y temblé horrorizado, de igual manera que cuando el cambio drástico de un factor dentro de un todo se toma por signo último y fatal.

– ¿crees que te has soltado de mi mano? – vociferó y, su reproche se hizo mil voces anulando mis pensamientos que al momento buscaban la luz eterna.

Entonces, entre aquel ruido caótico, verdadero obstáculo del discernimiento, me acordé del cordero y de su visita aquel día en que mi corta vida era una fiebre de inconfesables amoralidades. Fue aquí, en este punto, cuando me deshice en un desgarrador llanto y agregué;

– ¡Confieso que de él es la misericordia, y fui alcanzado por ella el día que me ofreció abandonarme a su santo nombre! –

El resplandor que parecía lejano amplió su horizonte hasta mí en ese instante e inundó de cielo mis dudas sobre la extensión de su mano santa hacia mí. ¡Oh, cuan ligera se volvió mi carga! Y que falto de entendimiento me sentí al verle llevarse el color grana de mis innumerables desvergüenzas.

Ciertamente la luz y las tinieblas no comparten la misma morada, diré a fin de aclarar este desconcierto que, fui arrebatado hacia el llano camino de la paz. Así me hiciste levantarme glorioso, estrella de belén, en tu amanecer cuando creía que se desvanecía oscuramente mi vida en las garras de la mortal culpa.

Soñolienta conciencia

17 febrero 2013

shaded angel

A veces cuando delicadamente recojo una de las memorias en las que te hayas tú, me gana el fervor de un esfuerzo sobrenatural porque tu repentina presencia es sorpresa incomprensible; tal vez, evidencia de mi aspiración hacia una fe mayor y, mi deseo inmediato es dejarme alumbrar por ti, posada bajo esos paradisiacos rayos de sol a los que les infundes majestuosidad.

Soy soberano creyente de mis intuiciones apenas se dibuja en ellas el angelical esbozo de tu sonrisa, mi calmo avanzar en ese brillante reflejo de tiempo me resulta complaciente estancia de una cálida mañana cuya delicia me hace abrazarme a la esperanza cual hoja salvada de marchitarse pronto.

Y luego al calor de ese brevísimo y glorioso amanecer doy fe de mis agitados sentimientos frente a un mundo mudo con la absoluta potencia de mis fuerzas como si ellas verificaran cuanto procura callar la meditada y dolorosa reflexión. No he aprendido a detenerme una vez que he sido arrebatado por este rapto de sensibilidad.

Corrías pequeña creatura, tan delicada como fuerte a través de los coloridos paisajes creados por mis profundos afectos que me parecían comunes, me gustaba seguirte con la mirada y experimentar reencontrarme contigo cuando después de tu jadeante cansancio cambiabas de dirección hacia mí accidentalmente.

En tu corta carrera llena de inocentes equilibrios reposaba mi profunda gratitud por la vida. De ti afloraba mi fortaleza recién revelada, bastión de mis serenidades. Temía no obstante muy dentro de mí que, si procuraba ir a tu encuentro podría desviar tu alegría que era mi gozo y condenar la víspera de un júbilo desconocido y reservado.

No puedo comprender, y tal circunstancia me duele más que una noche que se apaga frente a la luz de mis ojos, aquel loco instante en que mi corazón alumbrado por la conciencia se volcó aturdido para confesarte con febril vehemencia cuanto te amaba aunque ya para entonces mi corazón languidecía incrédulo frente a tu sombra.

Intento psicológico

24 septiembre 2012

El entorno novelístico y multidisciplinario de aquella biblioteca personal, rica propiedad intelectual del abuelo, me cautivó, ya había estado en ella sin haber caído preso de su magia, pero… ¡vaya! Destemplado el carácter por el roce de una memoria, aquellos volúmenes, ataviados de polvorientas capas, se lanzaron en pos de mi imaginación.

Luché por un rato como se hace frente a estas circunstancias avasalladoras del alma, determinado a hacer desaparecer la incomoda pulsación, ¿debía, en realidad, mi influencia a la ausencia de su propietario? Formé vagas especulaciones inequívocas de pretender escaparme de su magnetismo.

Sonreí con un gesto de satisfacción para hacerme comprender a mi mismo aunque ingenuamente el despropósito de mi atención volcada en aquellos estantes. – Así suelen celebrarse las más grandes victorias de la emotividad rota que conduce al triunfo de la insensibilidad – me dije, casi respirando la firme intención a través de un encogimiento de hombros.

¡Sí! Yo soy más fuerte que todo sentimiento. No es que me hallará lejos de alguna devoción debida hacia el abuelo, por el contrario, ante su fuerza, quería ¡sí! Sobre todo, ser capaz de mostrar la hazaña de algo magno a nivel psicológico; una prueba a la que me había sometido mucho antes sin aparente triunfo, alguna lágrima siempre había desmentido cualquier jubilosa anticipación.

Más de alguno al oír esta confesión preferiría volverse sordo, pues, en el fondo de estas breves palabras crece una inocente presunción, pero ¡aguarden! sin conocimiento de causa no se puede ejercer ¡la severidad injusta! ¡La tiranía! ¡El falso testimonio¡

Pues bien, primero, ante el hecho de caminar entre los pasillos de aquel singular destino, sigo refiriéndome a ese universo libresco, invadido por la certidumbre de haber trabado una repentina conversación a solas con mi ancestro, balbucí en defensa propia y tragué saliva ¡en… no sé que apuro de ponerme a salvo!

Porque no prescindiré de mencionar sus verdaderos efectos, irrefutables, en mi ser. Puede… que, las almas de esas paginas a mi lento paso hallan resuelto transformase en marea y golpear mis desequilibrios tempranos cuando infante fui, teniendo de su lado para actuar el presente acervo magistral. También, puede ser que al notar mis secretos propósitos dibujados en alguna inoportuna mirada, sin darle tiempo a la explicación, juntos en un arrebato, me hallan llamado ingrato.

Fue mucho más el peso del reproche lo que jugó en contra de mis pasos hacia el planteamiento de mi éxito. A cada instante, una sensación de intentar avanzar sobre arena movediza se cristalizó terriblemente en el margen de lo no ficticio. Allí, inmóvil y con cara dura volví en sí mientras la luz del cristal iridiscente de la única ventana, por no sé qué efecto exterior, indicaba una existencia emotiva justamente en el centro de mis falsas convicciones.

Otros ojos

15 septiembre 2012

Pateé la puerta de la cafetería, tras el duro golpe, sus desunidas partes poco consistentes quedaron percutiendo atonas. Dentro, muy a pesar del repentino estrépito, todo guardaba una sorprendente calma, pero este hecho poco me sirvió para reflexionar y obtener algún provecho, es decir, alguna idea del porqué mi actuar se había desviado hacia un desatinado impulso.

Se me ofreció un café apenas me acomode en una silla dispuesta para los recién llegados, y entonces al esforzarme por dar un sí verbal a la infantil cordialidad, me atoré en mi hablar y deje notar un asentimiento nada más a fin de que no se me tomase a insulto mi aparente reserva.

– ¿Entonces café, no es cierto? – Preguntó la servicial mecerá, muy joven y de desaliñados cabellos, corta de estatura pero con un semblante igual al que de la descripción de los ángeles hacen los inspirados.

Insistiendo, quería proferir palabra. La pensaba como alguien que practica en su memoria un número de veces antes de atreverse a decirla propiamente, y aun así, imposible me fue dictarla del pensamiento a la boca.

La musa pareció comprender mis inoportunas limitaciones y le confió una sonrisa a mi silencio injustificado y sin embargo sufrido. Discurrieron los minutos apacibles mientras mi mirada se paseaba por el lugar en busca de algo que no pruebo exponer con alguna concreción.

Un sorbo tras otro, lentos en su ingestión, fueron ofreciéndome alternativas para comprender mi desgracia, y así avanzó la tarde hacia la noche y, cuando finalmente lleno de certidumbre intentaba explicarme este extraño evento, la niña una vez más se acercó, ahora, dejándose ver en su lenta aproximación desde donde depositan las tazas, desde las apiladas charolas junto a una gran mesa que hace las veces de mostrador.

– ¿Puedo recoger su taza? – sugirió, entrecortada la voz, esta vez su rostro parecía uno muy distinto de aquel primero. ¡Sí! se trataba de la misma mesera, lo puedo asegurar por esa indeleble impresión que dan las personas al presentársele a uno de un sólo golpe, además, su cabellera también hablaba claramente de su inusitada aparición.

– Gracias, pequeña – dije quedamente, temeroso de que mi respuesta fuese fallida como cuando me atreví a hablarle sin poder hacerlo. Me encaminé a la puerta y todo parecía haber quedado atrás, desde esa distancia que separa a la recepción de la salida me contemplaba con un relampagueante brillo en sus ojos que seguro estoy alumbrará a otros tantos que sombras de si mismos son.

Otra tarde

8 julio 2012

Cuando el transcurrir del día se va consumiendo con incoloras gotas de atardecer va emergiendo un panorama asimétrico en donde se detiene la vista y la verificación, una destilación de antiguos reflejos recaen sobre ella, entonces el confort de la silla envuelta de sol por la mañana, a estas horas últimas ya parece otra de muy diferente aspecto.

Siempre, sin variación alguna saco un inesperado pensamiento de su contemplación como si se tratase de un invaluable objeto tomado de un tesoro. Es un misterioso cumplir de observar y tomar en el aire la idea que se apresura a alejarse. De esta singular manera irrumpió en el lugar el niño con su cuaderno de dibujo bajo el brazo, llevaba consigo el bosquejo de un feliz rostro.

Antes de reconocer su silueta oía lejanamente sus pasos acompasados con una emoción que reconozco desde hace mucho tiempo, mi memoria es auditiva y seguramente por ello me dejo llevar por caminos tan estrechos donde apenas titila débilmente la evocación, te daré en seguida su sentir; es alcanzar el aliento con la fuerza de la voluntad.

No es un método en el cual logre atrapar como mariposas la esencia de una serie de instantes, pues lo que se marchó desde la distancia vive, es una rauda reacción a un movimiento interior caminando a mi lado sin motivo mayor que el de ser uno conmigo mismo.

El rostro de la conciencia

7 enero 2012

Presa del vientecillo suave aminoré mi hondo respirar e hice frotar mis entumidas manos insistiendo en costumbres de infancia, y entre irresistibles escalofríos esforcé, con repentina precaución, mi cuerpo a contraerse de modo que una clara idea me hacia suponer que así podría preservar un cálido instante.

El paso del tiempo se entretenía con mis falsos remedios para prevenir el frío que, aunque sabiéndolo yo en lo recóndito del práctico saber, poco me importaba. No me cuesta ningún trabajo encontrar la disculpa de mi niño interior ante tales circunstancias.

Así debí de retrasar cuánto de normalidad a ojos de los demás, soy capaz de aventurar en cada andar que asumo sin restar equilibrio a mi cuerpo porque me sentí asaltado en mi conciencia cuando escuché: ¿Vive cerca de aquí?…

Me ha preguntado, sin secreta intención, una pequeñita de tierna edad al verme ejecutar cada movimiento sin duda, como bien se dice “en el amplio sentido de la extravagancia”.

Sus ojos sobrecargados de brillo – extrañísimo efecto – al parecer proveniente del contacto entre la nieve y el rasgado cielo borlado de despintadas nubes de concierto en sus luceros, se han apoderado de mis reflexiones.

– ¿Por qué se le ve triste? – Una vez más ha indagado para desgracia de un lenguaje oprimido y sediento con ganas de escapar. Largos y delgados cabellos asoman en el contorno de su cara. Una onírica imagen ha querido hacerse de esa cabellera y transformase en bandada de hermosas aves en frenesí por conquistar los aires.

– ¡Corazón! De ninguna manera me invade la tristeza, tan sólo aguardo a retomar mis fuerzas. Tú, mejor que nadie, sabes reconocer cuán necesario es el descanso para continuar y además…

– ¿Pero… usted lleva muchos años aguardando? – Con finísima y calma voz, emblema de quienes poseen el don de adentrarse en los corazones, suspira interrogando.

Seguramente, su ternura ha vencido al terror con sus dos manecillas, verdaderas garras de acecho cuando increpan mis inconclusos proyectos sujetos a su medida; semejante artificio que late al son del tic-tac me empuja hacia la incredulidad.

Abruptamente, me he dado cuenta que mi corazón arde tal como cuando se vuelve a la conciencia y se logra respirar. ¿Se habrá tratado de una evocación? ¿O los pájaros en el horizonte significarán algo?