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Paradigma

26 diciembre 2010

Escucho mí entrecortado respirar cuyo paradigma se arrebuja en la flama intermitente que abreva en la insegura cera blanquecina de la veladora y, al cabo de unos segundos de tan repentina incursión visual tus secretas palabras ungen intempestivamente mi existencia.

Tu misericordia consideró resquebrajar la danza plácida de aquel artilugio de brea hecho por los seres humanos para disipar la rúbrica sentenciosa de la noche; infatigable opresora con los desvalidos y desesperanzados.

Me agrego tímido y confiado, al mismo tiempo, a la aureola reveladora de esta hazaña de luz. Aunque la iniciativa material de averiguar mucho más trunca mis esfuerzos humanos. Debo reconocer que mi alma tiene necesidad de ti.

Una fontana en donde orbita la visión que me sacó de la tumba en la que mis días se sucedían uno tras otro se ha hecho presente en tan pequeños elementos físicos, todos entretejidos en el abrazo denso de la oscuridad.

Sin embargo por momentos la contemplación esta sitiada en el reducto pasajero de lo que se ve con los ojos; un iris limitado es esta vida. Recuerdo cuando el murmullo santo de tu mundo alcanzó el bullicio fatal arraigado en mi alma.

Sorpresa grata a mi intelecto es que, el gozo de tu salvación inunde mis pensamientos cual sed saciada en el atardecer de mi vida. Tu inigualable voz es bendición para mí ser malherido.

Mi derredor aletea iridiscente en un cromo único del cual me vuelvo apasionado espectador. Tal cual es tu naturaleza que colma todo y hace rebosar el espíritu de paz.

Apenas siseo tu nombre y una multitud de vocaciones verbales me saludan como aquél que alejado por su cautiverio se hace libre en el abrazo fraterno de la esperanza y la amistad extraviada.

Aún palpita el contenido vivo de tu palabra prodigiosa en mi corazón, allí en donde tu profecía acrisoló mis debilidades y las convirtió en anécdotas de tu poder.

Ánimo despierto

8 octubre 2010

Escudriño la sonrisa de los niños y palpo tu corazón desnudo, tengo por debilidad tu presencia. Tu poder es enternecedor, un porqué cuestiona mi ánimo despierto. Las estrellas afanosas e impacientes surgen en la oscuridad del intelecto como inagotables antorchas de revelación.

Entonces mis memorias van en pos de ellas como aves orientadas por la manifestación primera de acariciar el vuelo que asciende a una libertad que entibia la esperanza.

Ambivalente es la noche; huésped del desesperanzado cuya egolatría advierte su desenlace, pero… también del visionario que en ella empapa confiadamente el entendimiento amante de la sabiduría. El ayer y hoy debaten con violencia mis recuerdos.

Por ello he determinado con los ojos abiertos que; los tiempos pretéritos suelen comparecer como amigos de los seres humanos pero en realidad disipan la amistad al sujetarnos con grilletes que confunden el porvenir.

Celares percutiendo el desatino y la fantasía, sin lugar a dudas, un genuino castillo de arena a merced del oleaje intangible de su estructura ¡Espejismo de oropel!

El presente se parece mucho al avistamiento de una estrella, en cuanto se la observa se teme extraviar la estela viajera que va dejando en nuestro interior. Esta está más cerca del camino que lleva a la eternidad.

Reflejos

14 julio 2010

En aquella hora matutina, desde el traslúcido cielo un tímido sol traspuso placentero el cristal de la ventana para luego en haces de luz ceñir ávidamente a su paso libros decantados: adormilados por la vaga continuidad del tiempo. Cada sombra, ya sea física, ya sea del tedio cotidiano, escapaba ante su imbatible presencia.

Y he ahí, La innata discreción de Lucia, mi querida abuela, quedando una vez más al descubierto; tan cerca del perfil materno se le ve rozando con sutileza extrema y llena de ternura el paño moderadamente humedecido contra el histrión de trapo y madera.

¡Que insólito avistamiento! a fin de compartir mi experiencia emotiva digo que; esta me dominó con el mismo asombro causado por las aves cuando se las ve por primera vez volar ingrávidas y perdidizas en el difuminado lienzo del horizonte.

Entre sus manos, enclenques, una marioneta de débil naturaleza, yace desmayada; sus extremidades parecen muertas. Muestra escasos rastros de celebérrima teatralidad; un grácil rostro embadurnado de polvo junto con un atuendo ágil al viento e imaginación diríase una oscilante vela mecida por el vaivén de la expectación.

 Sin forzar la vivida anécdota, falleciente remeda las contorsiones pertenecientes al cuerpo y carácter humanos con cada turno que queda por desempolvar de su anatomía, seguro, como parte de un acto reflejo al llamado de la excitante obra que quedo hace mucho tiempo atrás.

Sus recios hilos han sido cortados por un contratiempo que siempre amenazó las luminarias de sus presentaciones o quizás por alguien que atentó contra ellos.

Desde entonces su alma deambula paralela a ruidos caseros despertando la quietud del mágico recuerdo. Con todo no queda más que un remoto lenguaje cuya interpretación se intuye con la fortitud del infantil abandono.

 Concédame el lector solventar una mención análoga y necesaria de esta consideración, ocurrida en el agónico trance de una alegría perdida en el curso de mi vida; figuraba como una delicada articulación de madera a modo de brazos y piernas, en tanto que un par de ovillos de felpa aterciopelados tenía por manos; igual podría alabar su rostro aunque, por el contrario, herido confieso; me consterna su ajeno y macilento cariz.

– colócalo entre los libros… – me pide la abuela cortando los vocablos con el ajuste perfecto de la significación.

– ¿cuando renunciaras a ser un observador? hay cosas que debieras ya entender a tu edad – me reprime a quemarropa.

Entonces me digo – con que facilidad se puede suprimir el natural cauce de la contemplación – Y como quien marcha con la promesa en los ojos, me despido con un involuntario guiño, no sin antes sospechar que, dentro de ese festivo mundo de títeres e historietas debe reinar el misterio de tan celosa custodia.

Jamás, vulnerable al resquemor de su frialdad, me dejaría llevar por el influjo que pudieran inyectar sus palabras a nuestro encuentro; Ella es la referencia a una felicidad extraviada en la primera infancia…sí…es mi abuela.

Envuelto en este singular acontecimiento llegó la temporada de lluvia. Encantado sublimé su estancia, abrazado a ella me arriesgue a coquetear con la poesía. Un fenómeno natural que dispensa un reservado lenguaje cual calidoscopio en cientos de reflejos admirables.

Sólo basta prestar oídos, y alzar la vista para descubrir un mundo perdido. Algunas veces doy sin quererlo así con el gozo inenarrable de chapotear y perfilar los barcos de papel conmigo a bordo. El viento del recuerdo es toda mi previsión para hacerme a la mar y quedar maravillado por la estela de su recorrido.

Doy a continuación cuenta de una de esas conversaciones con la lluvia; a ciegas, arrebujado bajo las sabanas, la llovizna con ritmo trepidante suele golpetear los muros al tiempo que los aleros prestan bien el efecto del eco a esos lejanos aplausos, con mis gracias de niño soy capaz de enfrascar toda la felicidad en unos cuantos segundos.

De la mano de esa evocación, dejo que aquel amigo, corra libre de un lado a otro con sus diminutos pies en ese escenario que únicamente le pertenece a él, en contraste con la orfandad que hoy le mantiene inmóvil en aquel pliego de madera, refiriendo con silencio un desenlace aterradoramente trágico; el lacerante olvido.

Me empuja la idea de levantarme a medianoche aliado al crepúsculo, cruzar descalzo la sala, sortear la sonoridad de los grandes espacios, y de una vez por todas, sanar mis remordimientos tomándolo y restaurándolo, pero, puede que lejos me halle de depositar en él su jubiloso espíritu.

Dos días hace que, la abuela Informó solemnemente, sentada a la mesa con una humeante taza de te describiendo fantasmagóricas volutas de vapor, sobre despojarse de algunos pequeños bienes de valor sentimental con la mirada completamente vacía, e inmediatamente he sentido un vuelco en el corazón…

Su apagado tono de voz me conduce a pensar que está por deshacerse de ese personaje que, creció con nosotros, y perdió su independencia cuando, del otro lado de la borrosa ingenuidad, la inteligencia, nos explicó: de sus andares, su voz, y su fragilidad.

– ¡Es tiempo de actuar¡ – pienso, arrebatado por la incredulidad, resistiendo al impulso de ponerme en pie y abalanzarme con la fuerza del vértigo a un rescate insospechado para el buen juicio. Se puede arriesgar la probidad por un ser humano pero por un….

A ella le debe asistir una especie de discernimiento sobrenatural sobre los pensamientos que le son antagónicos. ¿Porque de tal conjetura? pues, se ha anticipado a mis escrúpulos dejando ver una azarosa pretensión.

– Un proceder contrario a mi voluntad rendiría mi salud…hasta el lecho de muerte – como flecha asestada en el blanco, me ha alcanzado con cada una de sus palabras y la suerte de su efecto me ha dejado sin aliento; sin la más mínima oportunidad.

Nunca he sido amigo de la superstición, no obstante, el dilema presentado cobra un claro matiz timorato del cual me voy alejando paso a paso de él hasta alcanzar los setos aflorados en los márgenes del pórtico.

Lidia, mi hermana menor, con adorables 12 años parece compartir mi angustia. Sentada, ladea su cabeza sobre mi hombro, gime un poco, y después ahogando un sollozo me interroga; ¿regalara a “fred”?

Agradezco que, haya aventajado con su colosal libertad a mi cobardía de preguntar sobre el posible paradero del desfallecido “fred” y que, aun se haya atrevido a pronunciar su nombre.

La miro y siento tanta pena por ella como por mí. Es pequeña pero su pequeñez es más grande que el molde de fe acoplado a mis más grandes proyectos. Mi confianza se ha hecho añicos tras mis ojos empañados.

Tengo mi propia versión de lo que da vida a una corazonada y esa es que cuando más de uno coincide en un mismo pensamiento, la hora y el lugar de la persona o cosa en cuestión están fijados.

A partir de aquella advertencia; preví vigilar el entorno. Disimulé mis movimientos por toda la casa. Debía dar la cara por Lidia. Debía probarme que soy capaz de escuchar la voz trascendental de su corazón.

Con esa premisa me hice de un pequeño repertorio de preguntas prácticas para justificar el merodeo por las repisas y envoltorios nuevos en busca de evitar la inminente desaparición de “fred”, de…su rapto.

Cualquier reojo de Lucia aparentaba el principio del fin para lo cual ofrecía mi artificial y pronta ayuda con el propósito de romper aquel designio. Tantos actos de bondad de mi parte debieron de suponer un signo delator del rescate pretendido.

Ella debió comprender la trama de tan obsesivo desenlace pues no tardó en seleccionar objetos. Diariamente al echar un vistazo sobre sus visibles pertenencias el panorama Lucia progresivamente desierto.

Tras una semana. El agobio adiestró en mí una extraña manía de ver y estudiar lo fútil; sabido es que, cuando aparece la confusión, las mismas cosas que prodigaron armonía se tornan a favor de la alucinación.

De noche, he tenido ganas de orar, una jaculatoria esta en mi boca, pero al cruzarse “fred” por mi cabeza, me siento culpable y preso de la locura. Los seres humanos necesitan el milagro, los objetos el cuidado.

Me he despertado sobresaltado en las madrugadas; ya suman varios los días en que un sueño recurrente se ha agazapado en el umbral que encamina a esa otra dimensión. No importa a donde mire, el guión siempre es el mismo.

Y esta historia se escribe y sobrescribe; aliñado de soldado presumo mi envestidura, el metálico yelmo brilla y esconde mi rostro más no mis intenciones. En lugar de esgrimir la espada, llevo conmigo un carrete desenvuelto de hilos que sangran mis manos.

Lanzo una puesta en guardia, sin embargo, de entre las paginas de los libros asoman, náufragos sin nombre, desesperanzados prisioneros de guerra, y condenados a muerte. Los codales y la gola puestos sincronizan fielmente dos palpitaciones amigas.

Todos a una, proclaman – ¡hay cosas que debieras ya entender a tu edad¡ – mientras mi abuela postrada en un ataúd dice – te lo advertí – entonces grito…y pronto guiado por la intensidad de tal proyección, salto en vilo a la experiencia táctil del santiguamiento que me da seguridad. Son las 6 de la mañana en punto, sentado en mi cama me pregunto de qué forma me he liado a esta pesadilla.

– Basta – me digo en voz alta, intentando conjurar la ponderosa manifestación onírica al tiempo que inspecciono la palma de mis manos.

Ya en el comedor, respiro mejor la realidad de la vegetación que vive lozana tras el ventanal, la luz prófuga del exterior vuelve a calmar la ansiedad dejada por los fallidos colores del heroísmo pintado de ensueño. Escondido su rostro detrás de un libro, Lidia, logra desviar sus ojos de las páginas hacia mí.

– has dejado de leer – me reprocha.

Lleva una vida trayendo libros a casa. A su corta edad ha depositado su fe en el hecho de que tarde o temprano el hábito de la lectura le traerá frutos en la realización de una novela, y yo creo, en ese principio, desde luego que su genio tiene un esplendor mayor.

¡El rudimento obligado! le llama ella con encendida pasión a la herramienta lingüística. Tiene un gusto por el buen hablar, y las palabras le fluyen incansables. Me gusta escucharla como se expresa, lo sabe bien, y se complace en compartir conmigo.

– Has desmejorado físicamente en estos últimos días – señala con gravedad.

Mi mente duerme y no tengo fuerzas. Únicamente acierto a responderle.
– ¡No es nada! –

Entonces, me llama con amor fraterno.

– Hermano, luces como quien ha perdido algo –
Quiero contarle, pero ni yo mismo comprendo lo que esta pasando en mi interior.

– ¡Francisco! – me llama gritando la abuela del otro lado de su recamara. En un abrir y cerrar de ojos, estoy frente a ella. A mis pies tres cajas de cartón me esperan con nudos trabajosamente apretados.

Los estantes se encuentran libres de objetos. La ventana abierta de par en par trae la fragancia de las rosaledas y en su vuelo la fantasía de impregnarme de un rocío aromático de lucidez.

Lucia ríe las palabras, pero no me atrevo a preguntarle porqué. Su aspecto angelical me desnuda el alma. Aquejado vivo, pero sobrevivo llevado de su mano. Los cristales rodantes de mis lágrimas alumbran un espejismo ensombrecido.

– He vaciado de esas cajas todo cuanto estorbaba al buen vivir – alegre me da la noticia.

Me inclino para tomar los envoltorios, resignado a respetar la idea que tiene sobre estos. Me cuesta respirar. Las sombras se descomponen poco a poco si inspiro profundamente el aire disponible.

– No te levantes -me dice cariñosamente.

entonces me doy cuenta que el sol sigue brillando y que quien se inclina hacia mi es ella. – La fiebre pronto pasara – me conforta.

Me muestra entre sus manos las mías. Lidia descansa su cabeza sobre mi pecho lloriqueando, además creyendo que la dosis remediadora de mis males atañe a la supremacía del lenguaje, agrega – has dejado de leer – en un tono balsámico que nunca la abandona. La frescura del pañuelo sobre mi frente igual refresca mi realidad. El reloj se ha detenido justo en punto de las 6.

Amantes Vocablos

28 abril 2010

Una liberación de sonidos nació recién la indagación de tu ser ocupó mi recelosa mirada. Sin dictar sonoridad un sopor de la conciencia aquilata la osadía que alumbra lo perdido o lo inquietantemente negado.

No me propuse romper la fantástica percusión de aquella galaxia orbitándola con atrevimiento mayor, esta, mi precaución se debe a que, cuando musito la dulce vibración de tu nombre me destino a un preludio infinito de amantes vocablos.

A hurtadillas engaño a un incipiente despertar del corazón; aun cuando este sentido palpitar representa lo que he deducido y argumentado como fuente viva de mi alma sedienta.

Tus largos cabellos dorados seducen un remanso al que amurallado me sentía a salvo; si aspiro con intención de alivio termino por impregnarme mucho más de las ansias de descubrirme en tu presencia.

Y si en franca lid decido dar fin al paradigma recreado en mis desvelos, pronto, sin previa confirmación cristalizas la revelación con cada signo inequívoco de cuanto correspondes a esa alegría ensoñada.

La Sabiduría

7 junio 2009

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Entre veladas, me figuraba verla tomándome de la mano, al pasar junto a mí. Sus ojos, iluminados una vez más, desfiguraban un entorno tenebroso recién se acababa de manifestar poco antes de haber transpuesto aquel lugar; morada de su luminosidad inagotable e infalible.

Bien sabía, y por eso accedía a encontrarme con ella que, era parte de un designio, cuya única pieza por completar se hallaba en mi voluntad de hacerme oídos para sus palabras; era una santa, lo sé, no por un deseo envuelto en la emoción o peor aun que la sugestión me dictara.

Su longeva existencia, parecía sobresalir como un requisito necesariamente tomado en cuenta para quienes desfilan santos hacia la eternidad; no era exactamente así, pues la virtud no toma años, por el contrario credibilidad en lo que se obtiene a cambio.

Su penetrante proyección de pensamiento hacia las cosas pasajeras, la coronaban invariablemente de un atisbo transparente, obvio de las que han atravesado la espesura de la visión del mundo, y desgarrado la mentira, astuta, aunque sin armas contra el efecto gratuito de los que verán a Dios, cara a cara.

Fructífera Ingenuidad

5 mayo 2009

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El peñón situado detrás de la casa de campaña, se insinuaba misterioso. Con las tareas por delante, aquella mañana, terminaba extraviando mi atención recién comprometida con el entorno inmediato; preparación de canela caliente, hogazas de pan convertidas en delicias del espíritu austero y miel silvestre.

El monolítico aspecto figuraba texturas que limitadamente me había atrevido a constatar con la sensación lograda por lecturas abonadas en la insuficiencia de la imaginación ante lo que no se palpa por la ausencia de su realidad.

Mochila en hombro, tomé la baja vegetación a manera de camino hacia aquella mole rocosa. Ya entonces, antipático de ser partícipe de inminencias imaginativas merced de mis acercamientos aun distantes de aquella creciente majestuosidad, la razón se fue rompiendo en una ola de sospechas; la previsión de averiguar necesariamente la seguridad de mis pasos programó mis movimientos en una serie de avanzadas y retiradas que, descomponían mi perspectiva inicial de aquel monumento natural.

Sembré mis piernas de golpe al verme caminar sobre el hilo de lo que bien podría, compararse con un pequeño acantilado. El color de la estructura de cara al sol presentaba inexplicable y confusamente un tono serenamente blanco.

El peso de la niebla de madrugada contagiada por una apenas visible roca se había agigantado por su unión con esta; magistral cooperación. Sé que, mi ingenuidad, es una reserva natural, donde el espíritu santo morará. Pequeño soy, y sin embargo, al mismo tiempo, capaz de sostener la vista en la esperanza, tierra fértil de la liberación.

La Herida

1 mayo 2009

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Tu alegría languideció en nuestra conversación; esta habría de descubrirme hablando solo luego de asomar un dejo de mutismo de tu parte, señal de un agobiante calor inducido por la fuga de una palabra a destiempo, calada hasta el fondo de la superficie quebradiza; donde lo acre del trato humano subyace a manera de heridas emocionales.

Tal escenario semeja a quien la distancia le guarda de su irrefrenable retracción. Seguro, en alguna ocasión, perdí momentáneamente algún preciado objeto, extinto por segundos, pero radicado en la esperanza aquietante de volver a recuperarle. Quiero suspirar por el alivio administrado por la sanación de tu corazón. Si pudiera, sostener el sesgo de mi palabra y su acción desoladora en tu memoria.