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Un Monólogo Forzado

2 enero 2010

– ¡Mira lo que se ha llevado el año! – con voz regulada, seguro, por el remilgo de algún quieto sentimiento, buscó mi parecer. Sentí que me faltaban las palabras y, adopté una media sonrisa que, en otras tantas situaciones había aligerado la carga de algún corazón oprimido.

-¡Es que no nos ha quitado nada!- Dije en voz baja como despojándome de la responsabilidad de hacer frente al eco de una emoción extraviada, pues, los motivos navideños aún colgaban de improvisados asideros por toda la casa.

– ¡Mira! ¡Como se ha puesto la mañana! no hay sol, y las manos entumecidas no me dan oportunidad de hacer nada – esta vez, como agua que fluye sin obstáculos, su voz se arrebujó por cada rincón de la habitación.

Y entonces me acerqué con parco entendimiento hacía la ventana, apoyando mis codos sobre el pretil, para maravillarme por el nado de los patos sobre el lago, con parte de su superficie congelada. La escena no desmerecía la de hermosas postales, aunque éstas las recataba el diseño y el dote de talento del artista y aquellas el motivo de la vida misma.

Como asaltado por aquel majestuoso asombro, me incorporé como activado por una fuerza invisible. Sentí una voz extraña y nueva alojarse en mi – ¡Así emprenderé este nuevo año! – alcé la frase como quien a bordo de su barco prevé tierra firma.

Al buscar sobre mi hombro aquel pesimismo, la verdad de mi existencia se desbordo a torrentes haciéndose festejo en el rostro reflejado que me acompañaba frente al panel de cristal.

Te Encontré

9 diciembre 2009

A poco de despegar mis pies del suelo, ecos decembrinos disfrazan tiernamente susurros de nostalgia. Sigilosos en su marcha han abierto misteriosos caminos. La trama encumbra todo un paisaje.

El agua nieve cumplió magnifico propósito. En esta, su nueva naturaleza cristalizada empuja resquicios de inhóspitas paredes; una imagen que me aguarda en busca de mis pretensiones de perfilarme hacia el lugar donde vive el espíritu.

Álgidos inviernos, casi siempre tintineantes en la memoria, merecen una alusión a la alegría no tanto por la época sino por cuanto significan para muchos que han entibiado sus soledades con copos de nieve; Llave formidable de un tropel de sensaciones.

El corazón que llevo dentro, recién templado en la sensibilidad del dolor, se asolea palpitante en un cielo añil que divisé en el ayer. Encuentro que comprende un sueño hallado en el umbral de mi conciencia cuando tenia nombre y forma la contemplación de la adorable sencillez.

Ya bambolean contra la caricia fresca del aire sobre mi rostro, con una claridad de ensueño que viene y va, voces infantiles entretejidas con villancicos; timbran melodiosas las gargantas en medio del regocijo de un canto nuevo. Del mismo modo, mi timidez se ha desinhibido, en éste instante ya me escucho cantar.

Mi acompañante es la noble idea de la inocencia que me permite exteriorizar; no más, no menos; Sólo y únicamente la extensión de cuanto no me cabe en el alma.

¿Y usted porque canta? – paseándose detrás de mi sombra me ha preguntado la duda, con el más absoluto desapego de la intromisión o la vergüenza. Entonces, de pronto, siento como si fuera puesto a descubierto, desarmado y listo para acelerar mis pasos lejos del lugar, sin embargo una fuerza me tiene sujeto a aquel entorno.

– yo siempre he cantado… – apenas puedo balbucir entre apretujadas experiencias en el pecho aglomeradas para impedir mis expresiones.

Mientras viajo por el trayecto de esta contrariedad, cuento las silabas de una estrofa, una tras otra. Un sentimiento casi perdido se ha encargado de hacerlas recordar: por medio de ellas se filtra la mañana aquella, diríase un crisol en donde la incertidumbre se transformó en filigrana áurea de la certeza.

¿Por qué no canta mucho más fuerte? – cuestiona aquella osadía con tenue delicadeza como enterada del inexorable mar de desencuentros que disminuyen mi voz.

– he perdido a un amigo – confeso, por fin caigo bajo el peso de lo que parece mi destino, un gimoteo desencadenante de una lluvia de tristezas me espera.

A través de este prisma de emociones; Incipientes lucecillas se transfiguran en mi interior al tiempo que braceo a puerto seguro, pero me arguyen colocándome a la deriva. Lugar en que la razón deambula.

El milagro ha materializado los ecos en coros andantes. Son los caminantes afectados por el arte de sus instrumentos musicales. Marchan a lo largo de las calles en universo de gesticulaciones y ademanes de gozo. La gente los recibe, la gente los aplaude. Son el símbolo de la navidad.

Este ambiente me ha convertido en un niño, el alborozo ha descompuesto mi andar. Brinco con igualdad de condiciones que la candidez lo hace en el alma de los pequeños. He encontrado a mi amigo una vez más en la frontera que separa mis contradicciones y la paz que no és de este mundo.