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El Avatar

7 enero 2010

¡Cántenme! Hoy, tengo ganas de saltar de gozo. Cuenta una historia que, el último deseo de una persona fue, dentro del amplio repertorio de posibilidades que encierra el quehacer y entretenimiento humanos, un acorde musical. Algunos ocurrían al lugar a hacer gala de sus facultades, cada uno emparentado con aquel hombre.

Llegó el turno para dos presentes más. Entró quien se dijo ser virtuoso del piano, ya dentro lo esperaba el violinista; el pentagrama se hizo al viento y tomó aires de una partida de ajedrez. De pie, y seguro de si mismos intercambiaban miradas de duelo. Un noble deseo bajo el peso de aquellos dos mundos rezumaba celo por la fragancia balsámica, que nadie dudaba, infundía en los espectadores.

Sustituidos por la grandeza de sus manifiestas ejecuciones concedían tomar la palabra sólo para agradecer; para dignificarse en la corazonada de quien en ellos veían temporales aves celestiales.

Sus gargantas pasaban saliva con la dificultad de quien se ve en peligro de muerte. Tomados de sus instrumentos, la tarde les regalaba en parda atmósfera, el yelmo del combate; rostros irreconocibles aunque todavía humanos.

Cuentan que de este raudal de gesticulaciones acaloradas en el hambre de la honra y de la inmortalidad, el hombre, protagonista de esta historia; llamó a un infante y ante la sorpresa de los asistentes, le pidió corear con su infantil voz melodía cualquiera.

Aquel canto hasta el día de hoy, se sigue escuchando; basta mirar a la copa de los árboles, donde algunas veces el sol carmesí descansa, para captar sus notas; con cada nidada de aves, el canto del avatar sigue persistiendo hasta nuestros días.

Adorable Princesa

3 abril 2009

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Un minuto sucedió a otro; hasta superar el límite de mi paciencia. Su cabeza iba y venía de arriba a abajo en un tremor apenas perceptible. Aun su vestido blanco, con flamantes pliegues, inducían a tenerles por receptores de una energía que, en su entorno trasfiguraba el detalle perdido, disimulado u oculto.

Temía de pronto toparme con su mirada y sumergirme en una suspensión de sentidos, o en un misterio aun mayor y de difícil concepción. Para que se de una idea el lector, al mirarla todo juicio humano, se filtraba a través de un crisol blanqueador y hacedor de calificativos magnos y sobrenaturales.

Un golpeteo de sus zapatillas, según me dicta la memoria, esculpió en mi corazón un palpitar en mi vida había sentido, como el artífice lo hace con un material basto donde se apegan sus credos, dotes y el destino de su noción.

El pose de sus dedos sobre las teclas, me regalaron lo que en mucho tiempo, la labor de mis desvelos perdió en intentos fallidos; un corazón de carne, la lágrima de origen incierto pero, de efervescencia lucida. Su virtuosismo me ha desmarañado de insolencias ajenas de difícil trato.

Niña hermosa, creía contar con un don propio, digno de los hombres invencibles, equivocado estaba, debía buscar la excelencia de tu espíritu y el genio de tu arte; a fin de cambiar mi rostro ajado por el dolor. Mi corazón te reclama adorable princesa. Sigue tocando el piano de la libertad.