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Un sueño en la desdicha

15 noviembre 2011

Generalmente las personas tienden a transformar el mundo visible ayudado por el testimonio de los sentidos en el grotesco arte que pueden apreciar desde sus pretensiones. Y tal suerte corría mi presencia, de formar parte de una expresión artística poco entendida por mi hambre, al estar tan cerca de aquel turista.

El sofisticado viajero, miró en mil direcciones hasta que girando sobre sus tacones se topó con firmeza en mí, seguramente por mi apariencia muy de los que viven en estos pueblos tan alejados de la civilización.

Esa inexorable mirada ya la había visto antes, cuando hombres vestidos de traje se enfilaron hacia nuestra propiedad años atrás, y exigieron la entrega de nuestras tierras, según criterio desafortunado de la legalidad, a favor de un bien mayor al nuestro.

Aquella vez, mi furia sujeta a sus flamantes vestiduras que desataron también el llanto, no ayudaron en nada para evitar el daño. Un par de empujones bastaron para debilitar mi voluntad y tirarme al suelo. Un fortísimo dolor entumió mis piernas y no pude incorporarme.

Debido a aquel recuerdo, palabras ininteligibles vomitaban de aquél fotógrafo cuando en su precavida aproximación se dirigió a mí, acompañado de esa forma típica que tiene la incomunicación de aventurarse a ser correspondida; con el ademán lento y atrevido, como si el hecho de coincidir en un espacio dictara irrefutablemente un código universal de cordialidad.

Fracasó en aquel intento, pues me invadió un sentimiento puramente animal de ponerme a la defensiva, de disponer la grosería, de arriesgar el odio con todas sus limitadas consecuencias en tan apenas vivo recorte de realidad.

Entonces en lugar de desalentar su propósito de herirme perennemente con la perpetuidad fotográfica, éste, como si tratará de poner a prueba la eficacia de su profesionalismo o de si mismo, avanzó con más determinación.

Esta vez, mostraba, con la mano extendida una moneda, que a la luz del día reflejaba dentro de mí una comida caliente o algún bocado de ansiado alimento. Sentí el anzuelo, con la jugosa carnada y pude darme cuenta del mezquino precio inspirado por mi desdicha.

Ecos hacen retemblar una empolvada telaraña en una de las galerías del museo, mientras encerrado estoy en la prisión de su lente, de su llamado talento que carcome un dulce sueño abonado en la miseria. Todos los presentes aplauden rodeados de un claroscuro que para ellos es espectáculo y para mí cielo borrascoso.

Reflejos

14 julio 2010

En aquella hora matutina, desde el traslúcido cielo un tímido sol traspuso placentero el cristal de la ventana para luego en haces de luz ceñir ávidamente a su paso libros decantados: adormilados por la vaga continuidad del tiempo. Cada sombra, ya sea física, ya sea del tedio cotidiano, escapaba ante su imbatible presencia.

Y he ahí, La innata discreción de Lucia, mi querida abuela, quedando una vez más al descubierto; tan cerca del perfil materno se le ve rozando con sutileza extrema y llena de ternura el paño moderadamente humedecido contra el histrión de trapo y madera.

¡Que insólito avistamiento! a fin de compartir mi experiencia emotiva digo que; esta me dominó con el mismo asombro causado por las aves cuando se las ve por primera vez volar ingrávidas y perdidizas en el difuminado lienzo del horizonte.

Entre sus manos, enclenques, una marioneta de débil naturaleza, yace desmayada; sus extremidades parecen muertas. Muestra escasos rastros de celebérrima teatralidad; un grácil rostro embadurnado de polvo junto con un atuendo ágil al viento e imaginación diríase una oscilante vela mecida por el vaivén de la expectación.

 Sin forzar la vivida anécdota, falleciente remeda las contorsiones pertenecientes al cuerpo y carácter humanos con cada turno que queda por desempolvar de su anatomía, seguro, como parte de un acto reflejo al llamado de la excitante obra que quedo hace mucho tiempo atrás.

Sus recios hilos han sido cortados por un contratiempo que siempre amenazó las luminarias de sus presentaciones o quizás por alguien que atentó contra ellos.

Desde entonces su alma deambula paralela a ruidos caseros despertando la quietud del mágico recuerdo. Con todo no queda más que un remoto lenguaje cuya interpretación se intuye con la fortitud del infantil abandono.

 Concédame el lector solventar una mención análoga y necesaria de esta consideración, ocurrida en el agónico trance de una alegría perdida en el curso de mi vida; figuraba como una delicada articulación de madera a modo de brazos y piernas, en tanto que un par de ovillos de felpa aterciopelados tenía por manos; igual podría alabar su rostro aunque, por el contrario, herido confieso; me consterna su ajeno y macilento cariz.

– colócalo entre los libros… – me pide la abuela cortando los vocablos con el ajuste perfecto de la significación.

– ¿cuando renunciaras a ser un observador? hay cosas que debieras ya entender a tu edad – me reprime a quemarropa.

Entonces me digo – con que facilidad se puede suprimir el natural cauce de la contemplación – Y como quien marcha con la promesa en los ojos, me despido con un involuntario guiño, no sin antes sospechar que, dentro de ese festivo mundo de títeres e historietas debe reinar el misterio de tan celosa custodia.

Jamás, vulnerable al resquemor de su frialdad, me dejaría llevar por el influjo que pudieran inyectar sus palabras a nuestro encuentro; Ella es la referencia a una felicidad extraviada en la primera infancia…sí…es mi abuela.

Envuelto en este singular acontecimiento llegó la temporada de lluvia. Encantado sublimé su estancia, abrazado a ella me arriesgue a coquetear con la poesía. Un fenómeno natural que dispensa un reservado lenguaje cual calidoscopio en cientos de reflejos admirables.

Sólo basta prestar oídos, y alzar la vista para descubrir un mundo perdido. Algunas veces doy sin quererlo así con el gozo inenarrable de chapotear y perfilar los barcos de papel conmigo a bordo. El viento del recuerdo es toda mi previsión para hacerme a la mar y quedar maravillado por la estela de su recorrido.

Doy a continuación cuenta de una de esas conversaciones con la lluvia; a ciegas, arrebujado bajo las sabanas, la llovizna con ritmo trepidante suele golpetear los muros al tiempo que los aleros prestan bien el efecto del eco a esos lejanos aplausos, con mis gracias de niño soy capaz de enfrascar toda la felicidad en unos cuantos segundos.

De la mano de esa evocación, dejo que aquel amigo, corra libre de un lado a otro con sus diminutos pies en ese escenario que únicamente le pertenece a él, en contraste con la orfandad que hoy le mantiene inmóvil en aquel pliego de madera, refiriendo con silencio un desenlace aterradoramente trágico; el lacerante olvido.

Me empuja la idea de levantarme a medianoche aliado al crepúsculo, cruzar descalzo la sala, sortear la sonoridad de los grandes espacios, y de una vez por todas, sanar mis remordimientos tomándolo y restaurándolo, pero, puede que lejos me halle de depositar en él su jubiloso espíritu.

Dos días hace que, la abuela Informó solemnemente, sentada a la mesa con una humeante taza de te describiendo fantasmagóricas volutas de vapor, sobre despojarse de algunos pequeños bienes de valor sentimental con la mirada completamente vacía, e inmediatamente he sentido un vuelco en el corazón…

Su apagado tono de voz me conduce a pensar que está por deshacerse de ese personaje que, creció con nosotros, y perdió su independencia cuando, del otro lado de la borrosa ingenuidad, la inteligencia, nos explicó: de sus andares, su voz, y su fragilidad.

– ¡Es tiempo de actuar¡ – pienso, arrebatado por la incredulidad, resistiendo al impulso de ponerme en pie y abalanzarme con la fuerza del vértigo a un rescate insospechado para el buen juicio. Se puede arriesgar la probidad por un ser humano pero por un….

A ella le debe asistir una especie de discernimiento sobrenatural sobre los pensamientos que le son antagónicos. ¿Porque de tal conjetura? pues, se ha anticipado a mis escrúpulos dejando ver una azarosa pretensión.

– Un proceder contrario a mi voluntad rendiría mi salud…hasta el lecho de muerte – como flecha asestada en el blanco, me ha alcanzado con cada una de sus palabras y la suerte de su efecto me ha dejado sin aliento; sin la más mínima oportunidad.

Nunca he sido amigo de la superstición, no obstante, el dilema presentado cobra un claro matiz timorato del cual me voy alejando paso a paso de él hasta alcanzar los setos aflorados en los márgenes del pórtico.

Lidia, mi hermana menor, con adorables 12 años parece compartir mi angustia. Sentada, ladea su cabeza sobre mi hombro, gime un poco, y después ahogando un sollozo me interroga; ¿regalara a “fred”?

Agradezco que, haya aventajado con su colosal libertad a mi cobardía de preguntar sobre el posible paradero del desfallecido “fred” y que, aun se haya atrevido a pronunciar su nombre.

La miro y siento tanta pena por ella como por mí. Es pequeña pero su pequeñez es más grande que el molde de fe acoplado a mis más grandes proyectos. Mi confianza se ha hecho añicos tras mis ojos empañados.

Tengo mi propia versión de lo que da vida a una corazonada y esa es que cuando más de uno coincide en un mismo pensamiento, la hora y el lugar de la persona o cosa en cuestión están fijados.

A partir de aquella advertencia; preví vigilar el entorno. Disimulé mis movimientos por toda la casa. Debía dar la cara por Lidia. Debía probarme que soy capaz de escuchar la voz trascendental de su corazón.

Con esa premisa me hice de un pequeño repertorio de preguntas prácticas para justificar el merodeo por las repisas y envoltorios nuevos en busca de evitar la inminente desaparición de “fred”, de…su rapto.

Cualquier reojo de Lucia aparentaba el principio del fin para lo cual ofrecía mi artificial y pronta ayuda con el propósito de romper aquel designio. Tantos actos de bondad de mi parte debieron de suponer un signo delator del rescate pretendido.

Ella debió comprender la trama de tan obsesivo desenlace pues no tardó en seleccionar objetos. Diariamente al echar un vistazo sobre sus visibles pertenencias el panorama Lucia progresivamente desierto.

Tras una semana. El agobio adiestró en mí una extraña manía de ver y estudiar lo fútil; sabido es que, cuando aparece la confusión, las mismas cosas que prodigaron armonía se tornan a favor de la alucinación.

De noche, he tenido ganas de orar, una jaculatoria esta en mi boca, pero al cruzarse “fred” por mi cabeza, me siento culpable y preso de la locura. Los seres humanos necesitan el milagro, los objetos el cuidado.

Me he despertado sobresaltado en las madrugadas; ya suman varios los días en que un sueño recurrente se ha agazapado en el umbral que encamina a esa otra dimensión. No importa a donde mire, el guión siempre es el mismo.

Y esta historia se escribe y sobrescribe; aliñado de soldado presumo mi envestidura, el metálico yelmo brilla y esconde mi rostro más no mis intenciones. En lugar de esgrimir la espada, llevo conmigo un carrete desenvuelto de hilos que sangran mis manos.

Lanzo una puesta en guardia, sin embargo, de entre las paginas de los libros asoman, náufragos sin nombre, desesperanzados prisioneros de guerra, y condenados a muerte. Los codales y la gola puestos sincronizan fielmente dos palpitaciones amigas.

Todos a una, proclaman – ¡hay cosas que debieras ya entender a tu edad¡ – mientras mi abuela postrada en un ataúd dice – te lo advertí – entonces grito…y pronto guiado por la intensidad de tal proyección, salto en vilo a la experiencia táctil del santiguamiento que me da seguridad. Son las 6 de la mañana en punto, sentado en mi cama me pregunto de qué forma me he liado a esta pesadilla.

– Basta – me digo en voz alta, intentando conjurar la ponderosa manifestación onírica al tiempo que inspecciono la palma de mis manos.

Ya en el comedor, respiro mejor la realidad de la vegetación que vive lozana tras el ventanal, la luz prófuga del exterior vuelve a calmar la ansiedad dejada por los fallidos colores del heroísmo pintado de ensueño. Escondido su rostro detrás de un libro, Lidia, logra desviar sus ojos de las páginas hacia mí.

– has dejado de leer – me reprocha.

Lleva una vida trayendo libros a casa. A su corta edad ha depositado su fe en el hecho de que tarde o temprano el hábito de la lectura le traerá frutos en la realización de una novela, y yo creo, en ese principio, desde luego que su genio tiene un esplendor mayor.

¡El rudimento obligado! le llama ella con encendida pasión a la herramienta lingüística. Tiene un gusto por el buen hablar, y las palabras le fluyen incansables. Me gusta escucharla como se expresa, lo sabe bien, y se complace en compartir conmigo.

– Has desmejorado físicamente en estos últimos días – señala con gravedad.

Mi mente duerme y no tengo fuerzas. Únicamente acierto a responderle.
– ¡No es nada! –

Entonces, me llama con amor fraterno.

– Hermano, luces como quien ha perdido algo –
Quiero contarle, pero ni yo mismo comprendo lo que esta pasando en mi interior.

– ¡Francisco! – me llama gritando la abuela del otro lado de su recamara. En un abrir y cerrar de ojos, estoy frente a ella. A mis pies tres cajas de cartón me esperan con nudos trabajosamente apretados.

Los estantes se encuentran libres de objetos. La ventana abierta de par en par trae la fragancia de las rosaledas y en su vuelo la fantasía de impregnarme de un rocío aromático de lucidez.

Lucia ríe las palabras, pero no me atrevo a preguntarle porqué. Su aspecto angelical me desnuda el alma. Aquejado vivo, pero sobrevivo llevado de su mano. Los cristales rodantes de mis lágrimas alumbran un espejismo ensombrecido.

– He vaciado de esas cajas todo cuanto estorbaba al buen vivir – alegre me da la noticia.

Me inclino para tomar los envoltorios, resignado a respetar la idea que tiene sobre estos. Me cuesta respirar. Las sombras se descomponen poco a poco si inspiro profundamente el aire disponible.

– No te levantes -me dice cariñosamente.

entonces me doy cuenta que el sol sigue brillando y que quien se inclina hacia mi es ella. – La fiebre pronto pasara – me conforta.

Me muestra entre sus manos las mías. Lidia descansa su cabeza sobre mi pecho lloriqueando, además creyendo que la dosis remediadora de mis males atañe a la supremacía del lenguaje, agrega – has dejado de leer – en un tono balsámico que nunca la abandona. La frescura del pañuelo sobre mi frente igual refresca mi realidad. El reloj se ha detenido justo en punto de las 6.

Ansiado Éxtasis

2 mayo 2010

Quise permanecer observante en los pliegues de luz que se escurrían cual vertientes reflejas de fe vistiendo la ladera. El sosiego predomina mientras atado sobrevivo a esta súbita realidad. Desvío el ayer para posarme confiado en este ansiado éxtasis.

No apresures tus actos para devolverme la razón, revindicarla en este instante desluciría el derroche de tus fuerzas, en el intento, podría abrasarme a ti creyéndote criatura celestial.

Y, contagiado de sublime extensión de cielo podría afinar y reproducir la melodía que entre sueños escucho y en la vigilia sucumbe desproporcionando mis esfuerzos por retenerla junto a mí.

No es más que un atardecer asaltando las fantasías de los mortales diciendo tratas de despertarme de tan honda percepción.

Aprietas mi mano antes de que la noche me arrebate el don de contemplar la lucidez a través de un paisaje en el que sólo los pasos del alma pueden andar.

Heroína de mi vida, sin avasallarme comprendes mi libertad y flanqueas mis pasos; si duermo velas por mi seguridad y cuando arrobado distingo el porvenir; me acurrucas en tu seno al que tengo por dicha de un nuevo amanecer.

Una palpitación

24 octubre 2009

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Caminaba con mirada extraviada. Rogando por amaneceres; antídoto del pesar que se siente, sin duda, cuando el asomo de ayeres cede ante la madurez del presente.

La intriga del ser con alas, como he concebido el despertar de quien duerme, se ve reducida al escenario del universo donde todo es tan sólo la capacidad de una palpitación y, lo que parecía inmensidad es la necedad del orgullo, de la fumarola del pensamiento que se atribuye la fuerza de la más grande concepción.

El polvo, sin darme clara cuenta, había rociado lo que solía entretener la imaginación de niño; un rimero de libros, cuyos lomos desde ahora se unían en la formación de una gran muralla grisácea; Una turbulencia enfrascó el olvido en tan singular velo.

Clareó el día y me uní a este acontecimiento con un tropiezo prematuro al cruzar la sala, todo por dejarme hallar por la claridad fugaz. En la sucesión de mis pasos, acabé por forzar una precaución en una mirada, en lo que acusaría de encuentro cercano con la identidad. Frente a frente con mi vida.

La memoria corporal deshacía mis actos de conciencia; signo inequívoco de cuando el sueño se revela real y la delicadeza de la observación cautiva las sensaciones volviéndolas más cómplices de la ensoñación de la vida.

Lágrimas fugitivas

11 octubre 2009

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Aun con los ojos entreabiertos, el color dulce de los sueños se pasea, apenas, en leve rastro sobre los objetos personales incendiados por el repentino contacto con los sentimientos; rieles de lágrimas fugitivas de un corazón azolado y quebradizo; Han dispuesto colapsar mi carácter.

Solía ser fuerte, sin embargo, desde  ahora me añado a los que se dicen fácilmente afectados por evocaciones austeras.

Me despertaré sostenido por una sonrisa, me repetía ayer en la multiplicación de los deseos, cuyo eco, avanzó hasta muy entrada la mañana.

En un acorde instrumental, La alborada ofrendó vestigios de una playa enarenada por el trino de aves al compás de voces amigas ya ausentes. El tanto de extrañeza me ha devuelto el gesto de sus rostros. Bosquejos de sonrisas se han extendido como marea. ¡Abrázame fuerte!

Sueño Recurrente

11 diciembre 2008

 

Sueño Recurrente

Me cuesta enormemente negociar con el destino; siempre que encuentro un corazón hermoso, el puente que me conduce a su descubrimiento, se colapsa, cual terrón de azúcar entre mis manos. Quizás soy parte de un sueño recurrente; tu estas allí, con la disciplina de las almas buenas, pero yo sigo mirando desde el prisma de una morosa realidad.

Acude a mí, socorro, no concedas a la gravedad burlar mis pasos, acierta mi andar en tierra firme, donde el pensamiento aún atiende a la razón. ¿Que historia estoy viviendo?, que ahora mismo me duele el corazón.

Despiértame, cuando amanezca, rompe la conciliación del sueño. Atrévete a desafiar a esta pesadilla con un sobresalto que me cubra de llanto hasta conducirme al alba.

Diagnóstico Mortal

25 agosto 2008

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Me dijo el doctor que el pronóstico de mi enfermedad debía ser no menos de un mes de vida. Me imaginé cada célula de mi cuerpo en una comunicación efecto domino, igual veía a los miembros de mi familia golpeándose con la noticia y cayendo uno a uno.

Salí de aquel lugar en donde los diagnósticos parecen competir en arrancar los gestos más espantosos del ser humano. Camine insinuando detener con mis lentos pasos la progresión de la enfermedad. El día ya comenzaba a atardecer mis pensamientos; pensamientos sin brillo atrapados dentro de los confines de la muerte.

Al cruzar la puerta de mi recamara, todos mis pensamientos salieron tomando como vehículo una corriente de aire, que me echaba en cara las veces que no amé y que mentí para no hacerlo.

Tomé  un trozo de papel para que su blancura se viera surcada por líneas de arrepentimiento, todas reflejando el amor aunque tardío capaz de brindar.

Estaba justamente escribiendo aquello, cuando la mano del doctor sobre mi hombro trajo una nueva aurora. Disculpe… no quería interrumpir su sueño – me había quedado dormido en la sala de espera – Pero aquí esta su diagnóstico; nada de gravedad.

La profundidad de  mi respiración nunca había alcanzado semejante fuerza pulmonar. Salí conmovido, un sueño me había dado otra oportunidad.