Archive for the ‘viento’ category

Tiempo inmisericorde

22 enero 2013

crying angel

Me angustian tus cabellos, ideales de una ambición aprendida en mi juventud. Se bastan con un ínfimo reflejo de luz que, ni siquiera pertenece al presente para encantarme y hacerme preso una vez más. El elogio sobre ellos me conduce a tropiezos con el lenguaje y, después, lleno de una alteración avasalladora, cubro mi rostro con mis manos entre sollozos de similar forma a un náufrago que ha encontrado su salvación.

Su lozanía es dulce manantial de un alma sedienta como lo es la mía, sin embargo, el viento gélido que se abre paso entre tu pelo también ejerce fuerza contra mí y hiela mis candores, entonces la hermosura queda transformada en carámbanos terroríficos. Es la escena igual de magnifica a aquel alud de nieve que camino abajo va arrasando todo a su paso.

¡Oh mañana de enero! cetro de inmisericordes desengaños, me dejaste soñar y no tuviste compasión de mí aun cuando en hondo llanto me encontraste postrado hace algunos ayeres frente a mis penosas reflexiones. ¿Habré optado por lo fantasmagórico que por la verdad de sus sentimientos que reposaban amablemente en mi pecho?

Rescátame del ensueño

11 mayo 2012

Cuando desvanecidos se hallan los sonidos del día, otros pequeños mundos se tornan sospechosos de existir, son paralelos, e Impreciso lanzo miradas como quien busca en la desesperación aunque bien sé que, exhausto por la realidad corro el riesgo de tocar los pétalos del frágil ensueño.

Riego delicadamente la esperanza, nadie habrá de negar el fruto de este acto sin corromper su dignidad. He determinado con la fuerza de los sentidos su traslúcido aspecto. La morada que habita. Su repentino andar. Su amor incondicional por mí que, lucho por comprenderla y caminar a su lado.

No me llames mal si el auge de esta ansia arraigada en el profundo desvelo se impregna de tu nombre y hermosos cabellos que agitan mi sosiego más de las veces. Debo advertirte que es violento remolino que arrastra sensaciones y afectos que tenía encarcelados en la lúgubre zona de la inalterabilidad.

El reproche es ajeno a esta constelación de espasmos y revelaciones. No sentiré culpa cuando al calor de este estado de ánimo atesore la forma en que te miraba apasionado y controvertido, desdibujado ya del prudente proceder.

Te digo; Abro un recuerdo y su fragancia me abraza todo, soy hoja a merced de este suave viento. Algo en mí se constituye de inmediato, cada respiro asombra mis fuerzas de sentirme invencible y dueño de mi mismo.

Aliéntame a dar un paso más, detenme ¡tuya es la compasión! si me ves extraviar el reconciliatorio beso que revive mi forma de configurar nuestros mutuos cariños.

Toca mis sentidos dulce cielo bordado de mujer ¡Rescátame! Una alusión de tus encantos sin tu aliento cerca ensombrecería cuanto admito como propósito de volverme a la realidad.

El rostro de la conciencia

7 enero 2012

Presa del vientecillo suave aminoré mi hondo respirar e hice frotar mis entumidas manos insistiendo en costumbres de infancia, y entre irresistibles escalofríos esforcé, con repentina precaución, mi cuerpo a contraerse de modo que una clara idea me hacia suponer que así podría preservar un cálido instante.

El paso del tiempo se entretenía con mis falsos remedios para prevenir el frío que, aunque sabiéndolo yo en lo recóndito del práctico saber, poco me importaba. No me cuesta ningún trabajo encontrar la disculpa de mi niño interior ante tales circunstancias.

Así debí de retrasar cuánto de normalidad a ojos de los demás, soy capaz de aventurar en cada andar que asumo sin restar equilibrio a mi cuerpo porque me sentí asaltado en mi conciencia cuando escuché: ¿Vive cerca de aquí?…

Me ha preguntado, sin secreta intención, una pequeñita de tierna edad al verme ejecutar cada movimiento sin duda, como bien se dice “en el amplio sentido de la extravagancia”.

Sus ojos sobrecargados de brillo – extrañísimo efecto – al parecer proveniente del contacto entre la nieve y el rasgado cielo borlado de despintadas nubes de concierto en sus luceros, se han apoderado de mis reflexiones.

– ¿Por qué se le ve triste? – Una vez más ha indagado para desgracia de un lenguaje oprimido y sediento con ganas de escapar. Largos y delgados cabellos asoman en el contorno de su cara. Una onírica imagen ha querido hacerse de esa cabellera y transformase en bandada de hermosas aves en frenesí por conquistar los aires.

– ¡Corazón! De ninguna manera me invade la tristeza, tan sólo aguardo a retomar mis fuerzas. Tú, mejor que nadie, sabes reconocer cuán necesario es el descanso para continuar y además…

– ¿Pero… usted lleva muchos años aguardando? – Con finísima y calma voz, emblema de quienes poseen el don de adentrarse en los corazones, suspira interrogando.

Seguramente, su ternura ha vencido al terror con sus dos manecillas, verdaderas garras de acecho cuando increpan mis inconclusos proyectos sujetos a su medida; semejante artificio que late al son del tic-tac me empuja hacia la incredulidad.

Abruptamente, me he dado cuenta que mi corazón arde tal como cuando se vuelve a la conciencia y se logra respirar. ¿Se habrá tratado de una evocación? ¿O los pájaros en el horizonte significarán algo?

Un Respiro de Amistad

17 septiembre 2011

Reflejos

14 julio 2010

En aquella hora matutina, desde el traslúcido cielo un tímido sol traspuso placentero el cristal de la ventana para luego en haces de luz ceñir ávidamente a su paso libros decantados: adormilados por la vaga continuidad del tiempo. Cada sombra, ya sea física, ya sea del tedio cotidiano, escapaba ante su imbatible presencia.

Y he ahí, La innata discreción de Lucia, mi querida abuela, quedando una vez más al descubierto; tan cerca del perfil materno se le ve rozando con sutileza extrema y llena de ternura el paño moderadamente humedecido contra el histrión de trapo y madera.

¡Que insólito avistamiento! a fin de compartir mi experiencia emotiva digo que; esta me dominó con el mismo asombro causado por las aves cuando se las ve por primera vez volar ingrávidas y perdidizas en el difuminado lienzo del horizonte.

Entre sus manos, enclenques, una marioneta de débil naturaleza, yace desmayada; sus extremidades parecen muertas. Muestra escasos rastros de celebérrima teatralidad; un grácil rostro embadurnado de polvo junto con un atuendo ágil al viento e imaginación diríase una oscilante vela mecida por el vaivén de la expectación.

 Sin forzar la vivida anécdota, falleciente remeda las contorsiones pertenecientes al cuerpo y carácter humanos con cada turno que queda por desempolvar de su anatomía, seguro, como parte de un acto reflejo al llamado de la excitante obra que quedo hace mucho tiempo atrás.

Sus recios hilos han sido cortados por un contratiempo que siempre amenazó las luminarias de sus presentaciones o quizás por alguien que atentó contra ellos.

Desde entonces su alma deambula paralela a ruidos caseros despertando la quietud del mágico recuerdo. Con todo no queda más que un remoto lenguaje cuya interpretación se intuye con la fortitud del infantil abandono.

 Concédame el lector solventar una mención análoga y necesaria de esta consideración, ocurrida en el agónico trance de una alegría perdida en el curso de mi vida; figuraba como una delicada articulación de madera a modo de brazos y piernas, en tanto que un par de ovillos de felpa aterciopelados tenía por manos; igual podría alabar su rostro aunque, por el contrario, herido confieso; me consterna su ajeno y macilento cariz.

– colócalo entre los libros… – me pide la abuela cortando los vocablos con el ajuste perfecto de la significación.

– ¿cuando renunciaras a ser un observador? hay cosas que debieras ya entender a tu edad – me reprime a quemarropa.

Entonces me digo – con que facilidad se puede suprimir el natural cauce de la contemplación – Y como quien marcha con la promesa en los ojos, me despido con un involuntario guiño, no sin antes sospechar que, dentro de ese festivo mundo de títeres e historietas debe reinar el misterio de tan celosa custodia.

Jamás, vulnerable al resquemor de su frialdad, me dejaría llevar por el influjo que pudieran inyectar sus palabras a nuestro encuentro; Ella es la referencia a una felicidad extraviada en la primera infancia…sí…es mi abuela.

Envuelto en este singular acontecimiento llegó la temporada de lluvia. Encantado sublimé su estancia, abrazado a ella me arriesgue a coquetear con la poesía. Un fenómeno natural que dispensa un reservado lenguaje cual calidoscopio en cientos de reflejos admirables.

Sólo basta prestar oídos, y alzar la vista para descubrir un mundo perdido. Algunas veces doy sin quererlo así con el gozo inenarrable de chapotear y perfilar los barcos de papel conmigo a bordo. El viento del recuerdo es toda mi previsión para hacerme a la mar y quedar maravillado por la estela de su recorrido.

Doy a continuación cuenta de una de esas conversaciones con la lluvia; a ciegas, arrebujado bajo las sabanas, la llovizna con ritmo trepidante suele golpetear los muros al tiempo que los aleros prestan bien el efecto del eco a esos lejanos aplausos, con mis gracias de niño soy capaz de enfrascar toda la felicidad en unos cuantos segundos.

De la mano de esa evocación, dejo que aquel amigo, corra libre de un lado a otro con sus diminutos pies en ese escenario que únicamente le pertenece a él, en contraste con la orfandad que hoy le mantiene inmóvil en aquel pliego de madera, refiriendo con silencio un desenlace aterradoramente trágico; el lacerante olvido.

Me empuja la idea de levantarme a medianoche aliado al crepúsculo, cruzar descalzo la sala, sortear la sonoridad de los grandes espacios, y de una vez por todas, sanar mis remordimientos tomándolo y restaurándolo, pero, puede que lejos me halle de depositar en él su jubiloso espíritu.

Dos días hace que, la abuela Informó solemnemente, sentada a la mesa con una humeante taza de te describiendo fantasmagóricas volutas de vapor, sobre despojarse de algunos pequeños bienes de valor sentimental con la mirada completamente vacía, e inmediatamente he sentido un vuelco en el corazón…

Su apagado tono de voz me conduce a pensar que está por deshacerse de ese personaje que, creció con nosotros, y perdió su independencia cuando, del otro lado de la borrosa ingenuidad, la inteligencia, nos explicó: de sus andares, su voz, y su fragilidad.

– ¡Es tiempo de actuar¡ – pienso, arrebatado por la incredulidad, resistiendo al impulso de ponerme en pie y abalanzarme con la fuerza del vértigo a un rescate insospechado para el buen juicio. Se puede arriesgar la probidad por un ser humano pero por un….

A ella le debe asistir una especie de discernimiento sobrenatural sobre los pensamientos que le son antagónicos. ¿Porque de tal conjetura? pues, se ha anticipado a mis escrúpulos dejando ver una azarosa pretensión.

– Un proceder contrario a mi voluntad rendiría mi salud…hasta el lecho de muerte – como flecha asestada en el blanco, me ha alcanzado con cada una de sus palabras y la suerte de su efecto me ha dejado sin aliento; sin la más mínima oportunidad.

Nunca he sido amigo de la superstición, no obstante, el dilema presentado cobra un claro matiz timorato del cual me voy alejando paso a paso de él hasta alcanzar los setos aflorados en los márgenes del pórtico.

Lidia, mi hermana menor, con adorables 12 años parece compartir mi angustia. Sentada, ladea su cabeza sobre mi hombro, gime un poco, y después ahogando un sollozo me interroga; ¿regalara a “fred”?

Agradezco que, haya aventajado con su colosal libertad a mi cobardía de preguntar sobre el posible paradero del desfallecido “fred” y que, aun se haya atrevido a pronunciar su nombre.

La miro y siento tanta pena por ella como por mí. Es pequeña pero su pequeñez es más grande que el molde de fe acoplado a mis más grandes proyectos. Mi confianza se ha hecho añicos tras mis ojos empañados.

Tengo mi propia versión de lo que da vida a una corazonada y esa es que cuando más de uno coincide en un mismo pensamiento, la hora y el lugar de la persona o cosa en cuestión están fijados.

A partir de aquella advertencia; preví vigilar el entorno. Disimulé mis movimientos por toda la casa. Debía dar la cara por Lidia. Debía probarme que soy capaz de escuchar la voz trascendental de su corazón.

Con esa premisa me hice de un pequeño repertorio de preguntas prácticas para justificar el merodeo por las repisas y envoltorios nuevos en busca de evitar la inminente desaparición de “fred”, de…su rapto.

Cualquier reojo de Lucia aparentaba el principio del fin para lo cual ofrecía mi artificial y pronta ayuda con el propósito de romper aquel designio. Tantos actos de bondad de mi parte debieron de suponer un signo delator del rescate pretendido.

Ella debió comprender la trama de tan obsesivo desenlace pues no tardó en seleccionar objetos. Diariamente al echar un vistazo sobre sus visibles pertenencias el panorama Lucia progresivamente desierto.

Tras una semana. El agobio adiestró en mí una extraña manía de ver y estudiar lo fútil; sabido es que, cuando aparece la confusión, las mismas cosas que prodigaron armonía se tornan a favor de la alucinación.

De noche, he tenido ganas de orar, una jaculatoria esta en mi boca, pero al cruzarse “fred” por mi cabeza, me siento culpable y preso de la locura. Los seres humanos necesitan el milagro, los objetos el cuidado.

Me he despertado sobresaltado en las madrugadas; ya suman varios los días en que un sueño recurrente se ha agazapado en el umbral que encamina a esa otra dimensión. No importa a donde mire, el guión siempre es el mismo.

Y esta historia se escribe y sobrescribe; aliñado de soldado presumo mi envestidura, el metálico yelmo brilla y esconde mi rostro más no mis intenciones. En lugar de esgrimir la espada, llevo conmigo un carrete desenvuelto de hilos que sangran mis manos.

Lanzo una puesta en guardia, sin embargo, de entre las paginas de los libros asoman, náufragos sin nombre, desesperanzados prisioneros de guerra, y condenados a muerte. Los codales y la gola puestos sincronizan fielmente dos palpitaciones amigas.

Todos a una, proclaman – ¡hay cosas que debieras ya entender a tu edad¡ – mientras mi abuela postrada en un ataúd dice – te lo advertí – entonces grito…y pronto guiado por la intensidad de tal proyección, salto en vilo a la experiencia táctil del santiguamiento que me da seguridad. Son las 6 de la mañana en punto, sentado en mi cama me pregunto de qué forma me he liado a esta pesadilla.

– Basta – me digo en voz alta, intentando conjurar la ponderosa manifestación onírica al tiempo que inspecciono la palma de mis manos.

Ya en el comedor, respiro mejor la realidad de la vegetación que vive lozana tras el ventanal, la luz prófuga del exterior vuelve a calmar la ansiedad dejada por los fallidos colores del heroísmo pintado de ensueño. Escondido su rostro detrás de un libro, Lidia, logra desviar sus ojos de las páginas hacia mí.

– has dejado de leer – me reprocha.

Lleva una vida trayendo libros a casa. A su corta edad ha depositado su fe en el hecho de que tarde o temprano el hábito de la lectura le traerá frutos en la realización de una novela, y yo creo, en ese principio, desde luego que su genio tiene un esplendor mayor.

¡El rudimento obligado! le llama ella con encendida pasión a la herramienta lingüística. Tiene un gusto por el buen hablar, y las palabras le fluyen incansables. Me gusta escucharla como se expresa, lo sabe bien, y se complace en compartir conmigo.

– Has desmejorado físicamente en estos últimos días – señala con gravedad.

Mi mente duerme y no tengo fuerzas. Únicamente acierto a responderle.
– ¡No es nada! –

Entonces, me llama con amor fraterno.

– Hermano, luces como quien ha perdido algo –
Quiero contarle, pero ni yo mismo comprendo lo que esta pasando en mi interior.

– ¡Francisco! – me llama gritando la abuela del otro lado de su recamara. En un abrir y cerrar de ojos, estoy frente a ella. A mis pies tres cajas de cartón me esperan con nudos trabajosamente apretados.

Los estantes se encuentran libres de objetos. La ventana abierta de par en par trae la fragancia de las rosaledas y en su vuelo la fantasía de impregnarme de un rocío aromático de lucidez.

Lucia ríe las palabras, pero no me atrevo a preguntarle porqué. Su aspecto angelical me desnuda el alma. Aquejado vivo, pero sobrevivo llevado de su mano. Los cristales rodantes de mis lágrimas alumbran un espejismo ensombrecido.

– He vaciado de esas cajas todo cuanto estorbaba al buen vivir – alegre me da la noticia.

Me inclino para tomar los envoltorios, resignado a respetar la idea que tiene sobre estos. Me cuesta respirar. Las sombras se descomponen poco a poco si inspiro profundamente el aire disponible.

– No te levantes -me dice cariñosamente.

entonces me doy cuenta que el sol sigue brillando y que quien se inclina hacia mi es ella. – La fiebre pronto pasara – me conforta.

Me muestra entre sus manos las mías. Lidia descansa su cabeza sobre mi pecho lloriqueando, además creyendo que la dosis remediadora de mis males atañe a la supremacía del lenguaje, agrega – has dejado de leer – en un tono balsámico que nunca la abandona. La frescura del pañuelo sobre mi frente igual refresca mi realidad. El reloj se ha detenido justo en punto de las 6.

El domador y el caballo

16 enero 2010

A los caballos les debo admirable respeto. Su fortaleza destraba la delicada imagen lograda en el arte pictórico al cual debo parte de mis especulaciones ecuestres. Un conjunto de dotes aptos para la supervivencia lucen imponentes cuando se los percibe reales.

Tal cual atestigüé en un gratuito evento abierto a todo el público; el domador chasquea el látigo y el equino golpea los cascos contra el suelo. Pero, el espectáculo no me engaña, ese portento de la naturaleza ha reaccionado de un modo propio de su carácter.

De insospechada adaptación, se le ha visto surcar los vientos al igual que cruzar las ciénagas, dejando ver el poderío de sus ancas frente al peligro. Por la mente del observador desfilan galopes sobre la lluvia, el salto hábil de incrédula altura.

Y sobre todo el ejemplo de quien abandonado a su suerte se escapa de la inminente muerte gracias a la astucia y a su constante aprendizaje; de ello da prueba la simulada sujeción a su amo, mientras por dentro se sabe motivo de aquella alegría humana.

Que conciencia tendrá más supremacía sobre la otra, me pregunto, mientras; por un lado el gesto del domador forcejea con el relincho de aquel ser frente a las multitudes que aplauden a quien honor merece.

El Avatar

7 enero 2010

¡Cántenme! Hoy, tengo ganas de saltar de gozo. Cuenta una historia que, el último deseo de una persona fue, dentro del amplio repertorio de posibilidades que encierra el quehacer y entretenimiento humanos, un acorde musical. Algunos ocurrían al lugar a hacer gala de sus facultades, cada uno emparentado con aquel hombre.

Llegó el turno para dos presentes más. Entró quien se dijo ser virtuoso del piano, ya dentro lo esperaba el violinista; el pentagrama se hizo al viento y tomó aires de una partida de ajedrez. De pie, y seguro de si mismos intercambiaban miradas de duelo. Un noble deseo bajo el peso de aquellos dos mundos rezumaba celo por la fragancia balsámica, que nadie dudaba, infundía en los espectadores.

Sustituidos por la grandeza de sus manifiestas ejecuciones concedían tomar la palabra sólo para agradecer; para dignificarse en la corazonada de quien en ellos veían temporales aves celestiales.

Sus gargantas pasaban saliva con la dificultad de quien se ve en peligro de muerte. Tomados de sus instrumentos, la tarde les regalaba en parda atmósfera, el yelmo del combate; rostros irreconocibles aunque todavía humanos.

Cuentan que de este raudal de gesticulaciones acaloradas en el hambre de la honra y de la inmortalidad, el hombre, protagonista de esta historia; llamó a un infante y ante la sorpresa de los asistentes, le pidió corear con su infantil voz melodía cualquiera.

Aquel canto hasta el día de hoy, se sigue escuchando; basta mirar a la copa de los árboles, donde algunas veces el sol carmesí descansa, para captar sus notas; con cada nidada de aves, el canto del avatar sigue persistiendo hasta nuestros días.